Dos mujeres separadas por décadas quedan unidas por la misma casa. Claudia, una niña de doce años que acaba de descubrir la traición de su mejor amiga, se refugia por azar frente a la verja de una mansión de jardín deslumbrante; años…
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Dos mujeres separadas por décadas quedan unidas por la misma casa. Claudia, una niña de doce años que acaba de descubrir la traición de su mejor amiga, se refugia por azar frente a la verja de una mansión de jardín deslumbrante; años después, ya convertida en comercial inmobiliaria, encuentra esa misma finca en venta y averigua que lleva más de cuarenta años deshabitada, aunque ella recuerda con nitidez a la criada que le sonrió desde el otro lado de los barrotes. Julia, huérfana de madre a los diecisiete, llega a esa casa a servir en otro tiempo, y allí encuentra normas estrictas, aliados inesperados y un afecto que no le está permitido sentir. «El jardín de lavanda» alterna ambas voces hasta hacerlas coincidir en el mismo umbral.
La novela avanza en dos voces que se turnan capítulo a capítulo y tardan en reconocerse como una sola historia.
La primera es la de Claudia. Empieza con una escena mínima y demoledora: una nota doblada que pasa de pupitre en pupitre, rescatada después de una papelera, y la certeza de que su mejor amiga ha ido detrás del chico del que ella llevaba meses hablando. Tiene doce años y aquello se le queda dentro como una primera cicatriz. Huyendo en bicicleta, sin rumbo, cae en una calle desconocida y, al levantarse, ve por primera vez la casa: una verja labrada, una fuente con dos ángeles de piedra, una fachada cubierta de hiedra y un jardín que parece pertenecer a otro mundo. Una criada cruza el patio con un cesto de ropa blanca y la mira. Al día siguiente vuelve, y esta vez la mujer le sonríe.
A partir de ahí, la voz de Claudia narra el modo en que una traición infantil termina de dibujar un carácter: deja de dar por descontado, aprende a medir lo que ofrece, abandona los estudios por un trabajo en una oficina inmobiliaria donde se mueve con soltura. Ocho años después de aquella tarde, abriendo una carpeta de fotografías en el ordenador, reconoce la casa. Está en venta, cuesta poco para lo que es, y nadie se atreve con ella. Cuando pregunta, su jefa le confirma un dato imposible de encajar con su memoria: allí no vive nadie desde hace más de cuarenta años. Claudia miente, consigue las llaves y vuelve al lugar acompañada de Mateo, el compañero de trabajo con el que lleva dos años sin decirse lo evidente.
La segunda voz es la de Julia, y llega desde el pasado que Claudia intuye. Julia cuida de su madre enferma en una casa de pueblo hasta que la pierde; su padre, que trabaja el doble para pagar unas medicinas que ya no sirven, decide después que su hija no repetirá la vida que allí le espera. Un coche negro la recoge de madrugada y la lleva a servir a una casa acomodada de la ciudad, donde deberá atender a Ángela, la hermana enferma del señor. La reciben unas normas escritas que hay que cumplir sin excepciones, un uniforme doblado sobre la cama, un dormitorio sin espejos y una señora que la mide de arriba abajo y le ordena tirar la ropa con la que ha llegado. Frente a esa frialdad aparecen Antonio, el chófer que la anima desde el primer trayecto, y Dolores, que canturrea en la cocina; y aparece también una biblioteca con cientos de libros, una perra que le hace fiestas y un dueño de la casa amable y casado, ante quien Julia se recuerda a sí misma cuál es su sitio.
Con una escritura sencilla, muy pegada a la emoción de quien narra, Noelia Señas Polo construye un relato de aprendizaje doble: el de una adolescente contemporánea que decide no volver a ser fácil de herir y el de una joven de servicio que descubre en el trabajo una libertad que su pueblo no le habría dado. Entre las dos crece la casa, con su jardín arrasado por la maleza y su reputación de operación imposible, y una pregunta que sostiene la lectura: qué vio Claudia realmente aquella tarde de octubre, y por qué esa casa la estaba esperando.
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