Una tormenta en el mar Rojo deja a una mujer sin memoria en la orilla de una isla privada, y quien la rescata es el hombre al que quizá vino a vigilar.
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Una tormenta en el mar Rojo deja a una mujer sin memoria en la orilla de una isla privada, y quien la rescata es el hombre al que quizá vino a vigilar. En «El jeque que me amó», Loreth Anne White cruza el romance con la intriga internacional: uranio estratégico, una revuelta en el desierto, una niña que dejó de hablar y una espía que ha olvidado su nombre pero no su misión. El deseo llega antes que los recuerdos, y ninguno de los dos llega limpio.
Publicada en 2005 dentro de la línea Intriga de Harlequín Ibérica y reeditada en formato digital, esta novela de Loreth Anne White pertenece al romance de suspense contemporáneo: la historia avanza a la vez como relación y como investigación, y ninguna de las dos puede resolverse sin la otra.
El punto de partida es casi un cuento. Durante una tormenta de arena y agua sobre la isla privada de Shendi, en el mar Rojo, la pequeña Kamilah encuentra en la bahía de la Media Luna a una mujer inconsciente y corre a avisar a su padre. Kamilah no habla desde que vio ahogarse a su madre hace casi dos años; la urgencia por salvar a «la sirena» le devuelve la voz. David Rashid, empresario del petróleo y heredero beduino, cabalga hasta la playa esperando encontrar la fantasía de una niña y encuentra a una mujer real, herida y desnuda, a la que lleva a su casa.
Ella despierta sin nombre. Reconoce a los Beatles, a Churchill, la caída del muro; no recuerda a sus padres, ni dónde estudió, ni cómo llegó al mar. Lo que sí aflora, sin que sepa de dónde, es una certeza incómoda: que David Rashid trafica con uranio apto para uso militar. Su cuerpo reacciona a él antes de que su cabeza decida si es un refugio o una amenaza.
El lector sabe algo más que ella. Jayde Asheen es una agente británica enviada a averiguar qué ocurre con los negocios de Rashid, y en un hotel de Jartum dos hombres que la daban por muerta discuten cómo encontrarla sin alertarlo. También sabe que David, mientras clava alfileres en el mapa de Azar para seguir el avance rebelde sobre sus pozos y sus minas de uranio, se hace la pregunta que lo explica todo: quién financia a esos rebeldes.
De ahí en adelante la novela juega con dos amnesias. La de Jayde, que le impide saber de qué lado está. Y la de David, voluntaria, hecha de culpa por la muerte de su esposa y por el silencio de su hija. La isla los obliga a convivir mientras la memoria vuelve a pedazos, y cada pedazo recuperado acerca a Jayde a una elección que no admite término medio: el trabajo al que dedicó su vida o el hombre del que se está enamorando, con la seguridad de David y de Kamilah puesta sobre la mesa.
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