Daniel Byrne lleva diez años investigando milagros para el Vaticano y no ha certificado ni uno. Cuando se niega a validar un estigma fraudulento en Nigeria, la política eclesiástica lo castiga con un traslado.
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Daniel Byrne lleva diez años investigando milagros para el Vaticano y no ha certificado ni uno. Cuando se niega a validar un estigma fraudulento en Nigeria, la política eclesiástica lo castiga con un traslado. Su salida es un caso incómodo: su propio tío, un telepredicador estafador de Nueva Orleans, ha empezado a hablar en una lengua imposible. Un thriller sobre la fe, el fraude y el precio de buscar pruebas de lo divino.
En 1983 el Vaticano clausuró oficialmente la oficina encargada de examinar los fenómenos que aspiran a llamarse milagros, pero no eliminó el cargo: alguien sigue haciendo ese trabajo, en silencio. Ese alguien es Daniel Byrne, sacerdote e investigador, un escéptico profesional dedicado a desmontar apariciones, vírgenes que lloran agua salada y manchas de óxido con vago parecido a Cristo. Setecientos veintiún expedientes, una década de viajes y ni una sola prueba. Sostiene su fe como una elección que a veces debe repetir varias veces al día.
La novela abre con dos escenas destinadas a encontrarse semanas después: un tirador que espera junto a una ventana de Nueva Orleans mientras una multitud aclama al predicador más popular del país, y un callejón de Lagos donde Daniel le compra el revólver al chico de trece años que acaba de intentar atracarlo. En Nigeria investiga a una adolescente con estigmas y confirma lo que sospechaba: la muchacha se hiere ella misma y su familia ha decidido no mirar. Su negativa a certificar el engaño choca con otro sacerdote, Conrad Winter, que defiende una aritmética distinta: con provincias enteras cayendo bajo la ley islámica y las iglesias ardiendo, un milagro útil vale más que una chica rota. Daniel se niega, y paga el precio con un traslado disciplinario.
La vía de escape que le ofrece su superior resulta peor que el castigo. Hay una anomalía, y tiene que ver con su tío: Tim Trinity, reverendo televisivo de traje de seda, Rolex de diamantes y biblia azul a juego, un vendedor de prosperidad que lleva veinticinco años traduciendo las Escrituras a donativos. Daniel es el mejor desenmascarador del oficio y conoce esos trucos desde la infancia. Pero en las grabaciones recientes el hombre se detiene a media frase, se sacude como electrocutado y emite sonidos que no pertenecen a ningún idioma conocido ni concebible. Y lo verdaderamente perturbador no es cómo suenan, sino lo que hacen.
De ritmo firme y tono seco, el relato aprovecha la maquinaria del suspense —vigilancias, política curial, un rifle aguardando la hora exacta— para formular preguntas incómodas: qué separa servir a la voluntad de Dios de tomar Sus decisiones por Él, cuánto daño colateral tolera una causa justa y qué le ocurre a un hombre que lleva diez años pidiendo una señal cuando la señal llega por la boca equivocada.
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