En Shadyside, tres amigas del equipo de gimnasia —Jill, Andrea y Diane— ven cómo una broma con un encendedor en la biblioteca del instituto termina en un incendio real.
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En Shadyside, tres amigas del equipo de gimnasia —Jill, Andrea y Diane— ven cómo una broma con un encendedor en la biblioteca del instituto termina en un incendio real. Cuando Gabe Miller, el amigo de la infancia de Diane, llega desde la ciudad con sus ojos verdes y su desprecio por el aburrimiento del pueblo, el fuego deja de ser un accidente para convertirse en un desafío. Y alguien del grupo está dispuesto a aceptarlo.
Todo empieza con una tarde perezosa en la biblioteca del instituto: unas gafas de sol con montura de corazón, una prueba de geografía que nadie quiere estudiar y dos chicos jugando a duelos de mecheros como si fueran los protagonistas de una película de terror barata. Es una tontería, apenas una carpeta chamuscada que acaba en una papelera. Dos horas después, los bomberos entran en el edificio y el humo negro asoma por las ventanas del segundo piso.
El relato sigue a Jill Franks, adolescente observadora y algo impaciente, y a su círculo más cercano: Andrea Hubbard, pelirroja, deslenguada y candidata al campeonato estatal de gimnasia; Diane Hamilton, la recién llegada al grupo, dulce y contenida, que se paraliza en cuanto ve una llama; y Nick y Max, dos amigos inseparables cuyo humor de pasillo los mete en líos antes de que puedan medir las consecuencias.
El equilibrio se rompe con Gabe Miller, amigo de la infancia de Diane, que se muda al pueblo desde la ciudad. Atractivo, magnético y visiblemente aburrido, Gabe convierte cada conversación en una prueba: quién tiene agallas y quién no. Lo que en el grupo era una travesura sin importancia, en su boca se vuelve una propuesta concreta; y cuando el desafío pasa de la mesa del comedor a los lavabos del instituto, la explosión ya no admite la palabra accidente.
A partir de ahí la tensión avanza en dos direcciones. Por un lado, la culpa compartida: nadie obligó a nadie, pero todos estaban sentados a la misma mesa. Por otro, el silencio de Diane, que sabe de Gabe más de lo que ha contado y cuyo pánico al fuego parece anterior a cualquiera de estas noches. Entre picnics junto al lago, apuestas tontas y las leyendas de una calle donde han desaparecido personas y hay asesinatos sin resolver, la amistad empieza a medirse por lo que cada cual está dispuesto a hacer para no quedarse fuera.
Con capítulos breves, diálogo rápido y un escenario deliberadamente cotidiano —cafetería, gimnasio, exámenes, sábados en el bosque—, esta historia de suspense juvenil habla de presión de grupo, de atracción y de esa frontera fina en la que una broma deja de serlo. El lector ve el peligro antes que los personajes, y esa distancia es justamente lo que aprieta.
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