Un catálogo ilustrado de posturas amorosas que recorre más de doscientas variaciones, cada una bautizada con un nombre evocador y acompañada de un breve comentario en prosa.
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Un catálogo ilustrado de posturas amorosas que recorre más de doscientas variaciones, cada una bautizada con un nombre evocador y acompañada de un breve comentario en prosa. El tono alterna la sugerencia sensual con la ironía cómplice: aquí conviven el mito bíblico, la mecánica de vuelo, la repostería y la esgrima como metáforas del encuentro entre dos cuerpos. Más que un manual técnico, es un repertorio lúdico pensado para inspirar, sonreír y explorar el deseo compartido sin solemnidad.
Esta obra reúne un extenso repertorio de posturas amorosas organizado como un índice de nombres: «El pequeño puente», «La ballesta», «El canto del pájaro», «La esfinge», «El barco ebrio», «1 + 1 = 69». Cada entrada funciona como una miniatura literaria —dos o tres frases— que describe la disposición de los cuerpos, señala qué exige de cada amante y sugiere el clima emocional del momento. El resultado es menos un manual clínico que un abecedario del deseo, donde la precisión anatómica cede terreno a la imagen sugerida.
El rasgo más distintivo del conjunto es su registro. El texto se mueve con soltura entre el lirismo y el humor: recurre a la mitología griega para el centauro, al relato del Génesis para la manzana y la serpiente, a la náutica para la proa y el oleaje, a la botánica para la polinización y la eclosión de la rosa, y a las matemáticas para ecuaciones que ninguna ciencia podría demostrar. Junto a esas metáforas elevadas aparecen guiños cotidianos —el puf que debe hacer juego con el salón, el tren de las 20.28, la clase de gimnasia que puede saltarse sin remordimientos— que desactivan cualquier tentación de solemnidad y devuelven la escena a una intimidad reconocible.
El reparto de papeles varía deliberadamente de página en página. Hay posturas de dominación y otras de abandono, algunas donde ella lleva la batuta y elige el ritmo y la profundidad, otras donde él marca la cadencia; y varias, quizá las más logradas, donde el mando se vuelve ambiguo y la pregunta sobre quién conduce queda abierta. Esa alternancia constante sostiene una idea implícita: el placer se negocia, se turna y se comparte.
El catálogo también atiende al escenario. La ducha, las escaleras, la oficina, la playa, la sombra de un árbol, la parte trasera de un taxi o un banco improvisado en una conversación casual amplían el mapa más allá del dormitorio. Y contempla los grados de exigencia física: hay entradas para velocistas y otras que reclaman flexibilidad de acróbata, abdominales entrenados o simplemente un mueble a la altura adecuada.
Pensado para leerse a saltos, por curiosidad o complicidad, el libro invita a hojearse en pareja más que a estudiarse. Su promesa no es la técnica sino la imaginación: recordar que el encuentro amoroso admite tantos nombres, tonos y geografías como quieran inventarle quienes lo practican.
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