Testimonio en primera persona de un deportado francés que pasó diecisiete meses en la fábrica subterránea de Dora, donde el poder cotidiano no lo ejercían los SS sino los Kapos: presos comunes ascendidos a amos de la vida y la muerte,…
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Testimonio en primera persona de un deportado francés que pasó diecisiete meses en la fábrica subterránea de Dora, donde el poder cotidiano no lo ejercían los SS sino los Kapos: presos comunes ascendidos a amos de la vida y la muerte, capaces de comprar voluntades con un resto de sopa y de matar por capricho.
Un joven estudiante francés, detenido tras intentar cruzar España para unirse a las Fuerzas Francesas Libres, llega al túnel de Dora después de pasar por Buchenwald. Allí, entre los cohetes V-2 alineados como enormes setas en salas de roca húmeda, aprende que la geografía del campo no se organiza en torno a los uniformes de las SS, sino en torno a los hombres con brazal: los Kapos.
El relato sigue el descubrimiento progresivo de esa jerarquía interior. Georges, un antiguo legionario con escudo verde de asesino, rostro de facciones perfectas y aire casi novelesco, resulta ser el eje de la existencia de treinta prisioneros: reparte trabajo, sanciones, vales para la enfermería y raciones suplementarias, y con ellos reparte también las probabilidades de seguir vivo. A su alrededor gravitan otros: Willy, que sirve la sopa con la porra en la mano; el Gordo Rojo, de busto hercúleo y piernas cortas, que elige y repudia “amiguitos” entre los presos jóvenes; un Kapo luxemburgués que promete llevarse consigo a cuantos pueda antes de ser ejecutado. El narrador va comprendiendo que la protección y el envilecimiento se venden en el mismo mostrador.
En ese marco, la trama avanza por hechos mínimos y decisivos: una sed que empuja a beber cualquier líquido, un grifo abierto por error que desencadena una paliza, la búsqueda desesperada de unas pastillas de carbón contra la disentería, la amenaza de ser destinado al Kommando encargado de transportar las tinajas de excrementos. Junto al narrador aparecen los compañeros a los que el libro está dedicado: Michaut, que adelgaza cada día mientras repite la certeza de volver a ver a su mujer y a su hijo; Pagniés, tragado por un “transporte de enfermos”; Dartan, el pequeño marino bretón, brutalmente franco sobre lo que cuesta sobrevivir y sobre lo que no piensa compartir.
El testimonio no reserva la crudeza únicamente para los verdugos. Los enfermeros que expulsan a golpes a sus propios compatriotas, los “enchufados” que conservan el calor y la comida, las delaciones entre nacionalidades, la lucha sorda entre escudos rojos y escudos verdes: todo forma parte del mismo mecanismo. Lo que emerge es un retrato del campo como sistema de tráfico humano, donde la muerte, el sexo y el terror funcionan como moneda, y donde la dignidad se mide en decisiones diminutas tomadas al borde del agotamiento.
El arco se cierra con la evacuación de la fábrica subterránea ante el avance aliado y la fuga del narrador, contada con la misma sequedad con que se cuenta todo lo anterior. Escrito sin énfasis retórico y sin buscar consuelo, el libro documenta una zona incómoda de la historia de los campos nazis: la de los prisioneros que, investidos de autoridad, se convirtieron en el instrumento más eficaz de la maquinaria que los había encerrado.