Un recorrido narrativo por el Princeton de 1939, cuando el encuentro entre un joven Richard Feynman y su tutor John Wheeler puso en marcha una manera radicalmente nueva de entender el tiempo en la física cuántica: no como una corriente…
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Un recorrido narrativo por el Princeton de 1939, cuando el encuentro entre un joven Richard Feynman y su tutor John Wheeler puso en marcha una manera radicalmente nueva de entender el tiempo en la física cuántica: no como una corriente única, sino como un laberinto de historias posibles que se suman.
El libro arranca con un paseo nocturno, casi espectral, por el campus de Princeton, donde los edificios, los relojes de sol y los titulares de los quioscos van retrocediendo hasta el otoño de 1939. Ese artificio narrativo sirve de puerta de entrada a una historia doble: la de dos físicos que se conocieron por azar administrativo y la de una idea que cambió el modo en que la ciencia piensa el tiempo.
En el primer plano está el aparato conceptual. El relato reconstruye con paciencia el terreno clásico —colisiones, conservación del momento, muelles y péndulos que reciclan energía potencial en cinética— para mostrar de dónde nace la intuición del tiempo cíclico, y cómo el calor, la fricción y la energía que no vuelve a usarse imponen en cambio una flecha lineal e irreversible. Sobre esa tensión milenaria entre ciclos y flechas se monta el problema propiamente cuántico: la función de onda, su evolución continua y determinista bajo la ecuación de Schrödinger, y el colapso brusco y azaroso que sobreviene con la medición. El texto expone el esquema en dos fases de John von Neumann y la ortodoxia de Copenhague que se consolidó a finales de los años treinta, junto con la incomodidad que producía —la imagen de un reloj impecable que se rompe cada vez que alguien lo mira— y las objeciones de quienes, como Einstein, Schrödinger y De Broglie, pedían repensar el diseño desde la base.
En el segundo plano están las personas. Feynman aparece como un forastero declarado: hijo de una familia judía laica de Queens, con acento de clase trabajadora y ninguna paciencia para la etiqueta de la Ivy League, formado por un padre que convertía cada fenómeno natural en un enigma y por una madre que le dejó el gusto por las historias; un estudiante que aprendió cálculo a los trece años, ganó la Putnam en su último curso del MIT y llegó a Princeton atraído por el ciclotrón del laboratorio Palmer. Wheeler, apenas siete años mayor, criado entre bibliotecas y experimentos caseros que casi le cuestan un dedo, venía de trabajar con Niels Bohr en Copenhague y se había convertido en uno de los mayores expertos en fisión nuclear justo cuando esa competencia empezaba a tener consecuencias militares. La asignación de Feynman como profesor ayudante de Wheeler fue un cambio de última hora que ambos recordarían como decisivo.
De esa alianza —el cálculo riguroso de uno, la audacia especulativa del otro— surge la “suma de historias”: la idea de que un electrón recorre todas las trayectorias físicamente posibles y que la realidad es la composición de todas ellas, como una canción de múltiples pistas mezcladas. El libro sitúa ese hallazgo en su momento histórico, con el reloj de bolsillo de Wheeler sobre la mesa y otro reloj, mucho más ominoso, corriendo en Europa: la invasión de Polonia, la carta de Einstein a Roosevelt, el temor a un arsenal nuclear alemán. Y traza la larga estela de aquella conversación inicial, desde las partículas que viajan hacia atrás en el tiempo y las realidades paralelas hasta los agujeros negros, los agujeros de gusano y la idea de un universo hecho de información.
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