Valleflor es un pueblo de madera, verde y amarillo, donde el otoño se despide entre hojas secas, resfriados de temporada y una fiesta de bienvenida al invierno.
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Valleflor es un pueblo de madera, verde y amarillo, donde el otoño se despide entre hojas secas, resfriados de temporada y una fiesta de bienvenida al invierno. Pero la noche en que la hoguera por fin arde, el hombre que debía portar la llama muere en la consulta del médico, y con él empieza algo que ningún manual describe. En pocos días el silencio ocupa las calles y la casa del doctor se llena de camas improvisadas. Una novela rural de misterio y contagio, narrada con paciencia y detalle.
«El Ladrón de Corazones», de Cortés Del Monte, arranca con un retrato minucioso de Valleflor: un valle de casas de madera, farolas de luz amarilla, caminos de carreta y una vida comunitaria donde la tienda, la taberna, el templo y la consulta del médico sirven para mucho más que comprar, beber, rezar o curarse. El narrador se demora en el clima —el frío que se instala, las lluvias que no avisan, el olor a chimenea mezclado con la humedad— y en la mecánica social del lugar: el tendero que guarda como un tesoro el ingrediente secreto de unas magdalenas, el sacerdote aficionado al vino y a los rumores, el alcalde designado desde arriba que compra afecto con sonrisas y festejos, la jefa de la guardia venida de fuera que prefiere resolver todo con la palabra.
Sobre esa placidez casi idílica cae la primera grieta. La consulta del joven doctor Rafael se llena de los catarros previsibles de la estación, hasta que uno de sus pacientes reaparece tiritando en la parte trasera de un carro, justo la noche en que debía encender la hoguera del invierno. Muere mientras el pueblo brinda alrededor del fuego. Al amanecer siguiente, Valleflor parece deshabitado: puertas cerradas, calles mudas y una sola casa iluminada donde los enfermos se apilan en los pasillos. Todos los afectados comparten un único detalle —habían pasado por la consulta— y ninguna dolencia conocida encaja con lo que les ocurre.
A partir de ahí, la obra se ordena en veinticuatro capítulos, cuatro interludios y un epílogo, y su índice anticipa un movimiento más amplio que el de una epidemia: hay una partida y un regreso al valle, tumbas, hallazgos, un visitante que vuelve, una orden dictada en la sombra, llamas en la oscuridad, un plan concebido con frialdad y un hacha que responde por la venganza. Los interludios se apartan del relato principal para dejar entrever una efigie, una indiferencia y una voluntad que trabaja a distancia, de modo que el lector sospecha antes que los personajes.
El resultado es un misterio rural de ritmo pausado y atmósfera densa, más interesado en cómo se descompone una comunidad —quién reacciona, quién se paraliza, quién busca la explicación en la maldición y quién en lo terrenal— que en el sobresalto inmediato. Entre el médico que se aferra a una causa material, el alcalde desbordado y una autoridad lejana a la que hay que ir a buscar a caballo, la novela propone una pregunta incómoda: si el mal tiene método, alguien lo está firmando.
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