Tras la muerte de su abuelo, un joven doctorado en lenguas muertas descubre que no figura en el testamento, pero sí en algo mucho mayor: cuatro cajas de seguridad, una carta manuscrita y unos documentos de valor histórico incalculable.
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Tras la muerte de su abuelo, un joven doctorado en lenguas muertas descubre que no figura en el testamento, pero sí en algo mucho mayor: cuatro cajas de seguridad, una carta manuscrita y unos documentos de valor histórico incalculable. Un martillo y un cincel cruzados sellan el encargo. Novela del uruguayo Álvaro Díaz que cruza intriga hereditaria, filología semítica y una relectura audaz de los textos bíblicos más antiguos, donde heredar significa asumir una misión que nadie más conocía.
«El legado del Sofer (La identidad de Dios)» arranca en un velorio. El Viejo —empresario poderoso, abuelo y verdadero padre del narrador— acaba de morir, y su nieto observa el desfile de dignatarios desde la última fila, más cerca de la puerta que del féretro. Los hijos del difunto, entre ellos su propio padre, ya han confirmado que el dinero y las propiedades son para ellos. Él no hereda nada. O eso parece.
El Dr. Cabrera, amigo del muerto durante casi cincuenta años, le entrega en su despacho cuatro sobres numerados con llaves de cajas de seguridad y un ruego póstumo: que continúe una tarea de la que ni el propio abogado supo jamás nada. En la primera caja hay efectivo y una carta manuscrita, lacrada con un martillo y un cincel cruzados, el mismo emblema incrustado en lapislázuli sobre la tapa del ataúd. En la segunda, cuadernos, un enorme volumen encuadernado en piel y tres tubos de vidrio con rollos de piel animal conservados en nitrógeno. El resto espera en Suiza. La condición es el silencio absoluto hasta comprender la verdadera dimensión del encargo.
Sobre ese arranque —duelo, sospecha familiar y misterio administrado con precisión— la novela despliega su apuesta de fondo. El narrador es doctor en lenguas muertas y filología semítica: exactamente la herramienta que hace falta para leer lo que le han dejado. Los títulos de los capítulos anuncian un itinerario iniciático de siete piedras, con anversos y reversos, y una travesía que va del sancta sanctorum a un epílogo situado veintidós años después.
El prólogo, firmado por el autor, explica de dónde viene todo esto: una condena que Álvaro Díaz considera injusta, años de encierro y una versión interlineal hebreo-español del Antiguo Testamento que le llegó de manos de un cura. De ahí nació una hipótesis incómoda —que esos textos no serían un libro religioso, sino su reverso— y la decisión de exponerla como ficción, aprovechando las licencias del género. El resultado es una novela de intriga y erudición donde una herencia no es un patrimonio, sino una pregunta: quién escribió, para quién y qué se guardó por el camino.
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