En una ciudad del norte de Francia, Florent y Nora viven un amor tan absorbente que apenas deja espacio para nada más, ni siquiera para la hija que tienen, Tristane.
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En una ciudad del norte de Francia, Florent y Nora viven un amor tan absorbente que apenas deja espacio para nada más, ni siquiera para la hija que tienen, Tristane. Criada entre silencios y una obediencia extrema, la niña construye en soledad un mundo interior hecho de palabras, lectura y sueños, hasta que el nacimiento de su hermana Laetitia le revela, por fin, un afecto absoluto y sin condiciones.
La novela arranca con la pasión inmediata y total entre Nora, contable en un taller mecánico, y Florent, chófer del ejército: un amor que su entorno predice pasajero y que, sin embargo, se instala como el centro exclusivo de sus vidas. El matrimonio, la casa compartida, la rutina de las llamadas al final de la jornada y las noches robadas al sueño componen una felicidad cerrada sobre sí misma, que ni siquiera el nacimiento de su primera hija, Tristane, logra abrir del todo.
Criada entre la ternura distraída y la ausencia afectiva de unos padres embebidos el uno en el otro, Tristane aprende pronto a no molestar: deja de llorar por orden paterna, se acostumbra a la guardería como refugio de compañía y descubre, casi en secreto, el placer de las palabras. Sin que nadie se lo enseñe, empieza a leer y a escribir, oculta esas capacidades para no incomodar a sus padres, y encuentra en la escuela y en casa de su estrafalaria tía Bobette —y sus primos— un espacio de socialización y utilidad que en su propio hogar no halla. Cuando sus padres deciden tener un segundo hijo para «completar» a una hija que nunca ha dado problemas, Tristane pasa meses viviendo con su tía, ejerciendo de cocinera improvisada y maestra de sus primos, en un ambiente caótico pero cálido.
El verdadero vuelco llega con el nacimiento de Laetitia. Desde el instante en que la sostiene en brazos, Tristane experimenta un vínculo que no se parece a nada anterior: un amor incondicional, sin la ambivalencia ni la distancia que ha conocido con sus padres. A partir de entonces, mientras Florent y Nora prolongan su idilio y delegan sin culpa el cuidado de la pequeña en su hermana mayor, Tristane se convierte, con apenas cinco años, en la figura que verdaderamente cría, protege y ama a Laetitia, encontrando en ese cuidado la plenitud afectiva que su propia infancia no le ofreció.
Con una prosa que alterna la ironía y la ternura, el relato observa la infancia desde dentro: la invención de un lenguaje propio, la negociación silenciosa de un lugar en la familia y el descubrimiento de que el amor más puro puede nacer, precisamente, del vacío que deja el amor de los adultos.