Un narrador llamado Scott conduce borracho por las carreteras de Virginia Occidental con sus hijos en el asiento trasero, esconde botellas dentro de un piano desafinado y se repite que es invisible.
Descargar
Un narrador llamado Scott conduce borracho por las carreteras de Virginia Occidental con sus hijos en el asiento trasero, esconde botellas dentro de un piano desafinado y se repite que es invisible. Desde ahí, el libro reconstruye su matrimonio con Sarah: cómo se conocieron, cómo se rieron de todo y cómo lo fue perdiendo todo. Una confesión de humor negro sobre la adicción, la culpa y la idea de que solo se ama de verdad aquello que se pierde.
Todo arranca con una frase que funciona como sentencia: si uno vive lo suficiente, empieza a perder cosas. Primero la juventud, después a los padres, después a los amigos y, al final, a uno mismo. El narrador —que se llama Scott, como el autor— cuenta desde ahí la crónica de su propia demolición.
En las primeras páginas lo vemos arropar a su mujer, Sarah, que acaba de volver de un turno de noche, bajar al sótano, sacar la botella escondida dentro de un piano desafinado y salir a la interestatal con un botellín de agua lleno de ginebra. Solo cuando oye una voz en el asiento trasero recuerda que ha subido a los niños al coche. El control policial que no termina en detención condensa el mecanismo del libro entero: el alivio y el horror ocupan el mismo instante, y quien narra no se explica ni se perdona.
De ahí el relato retrocede y avanza a saltos. Una Biblia de boda quemada en el sótano por puro aburrimiento y descubierta meses más tarde delante de una amiga. Una primera cita a los diecinueve años, con la cabeza rapada y un diente partido, ante una obra de teatro sobre Adán y Eva de la que ambos se burlan y cuya última frase acabará explicando toda una vida. Y luego Sarah misma: su primer recuerdo bajo la ducha, su padre Elphonza —whisky, canciones country y un trozo de queso olvidado entre las sábanas—, una madre que se marchó después de un musical de aficionados, los ataques de pánico, el trabajo adolescente en la tienda de golosinas de un centro comercial donde, sin saberlo, atendió al niño que años después escribiría este libro.
El presente regresa en forma de peleas: por el dinero, por los viajes, por la bebida, por lo que aparece en el historial del ordenador. Discusiones que empiezan con una pelusa en la barbilla y terminan con un ordenador hecho añicos.
La escritura avanza con frases cortas, repeticiones casi litúrgicas y una comicidad que no suaviza nada de lo que cuenta. El humor no funciona como consuelo, sino como forma de mirar de frente. El resultado es el retrato de un matrimonio narrado por quien lo destruyó, sin coartadas ni redención: no hay demonio esperando en ninguna encrucijada, ni azufre, ni almas en venta. Solo un hombre, sus mentiras domésticas y el infierno que se fabricó él mismo mientras aún tenía todo lo que iba a perder.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.