Una antropóloga forense de Nueva York acepta supervisar la exhumación de los huesos de Dante Alighieri en Rávena y descubre que el encargo de su tío, un anciano monseñor, esconde algo mucho más antiguo que la ciencia: la búsqueda de un…
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Una antropóloga forense de Nueva York acepta supervisar la exhumación de los huesos de Dante Alighieri en Rávena y descubre que el encargo de su tío, un anciano monseñor, esconde algo mucho más antiguo que la ciencia: la búsqueda de un texto que podría reescribir el cristianismo.
En una noche de tormenta de 1320, una nave atraca en una costa oscura para desembarcar unos arcones metálicos y un pequeño cofre negro que un hombre encapuchado protege bajo su capa, convencido de que su tarea está a punto de concluir. Casi siete siglos después, en el Nueva York de enero de 2012, Sara Shermann se levanta tarde, se enfrenta al frío y acude a la catedral de San Patricio para ver a la única familia que le queda.
Sara tiene veintinueve años, es antropóloga forense y acaba de conseguir lo que perseguía desde que dejó Boston: un curso propio en la Facultad de Medicina, bajo el amparo del decano Albert Leblanche. Su tío, monseñor Luigi Pace —siciliano, octogenario, encorvado sobre un bastón desde el ictus, y uno de los hombres más influyentes de la diócesis—, la recibe con una felicitación y una petición. La fundación que preside ha obtenido permiso para exhumar y analizar los restos de Dante Alighieri en Rávena, y quiere que sea ella quien dirija el equipo científico. El curso puede esperar una semana; el vuelo ya está reservado.
La novela se organiza como una cuenta atrás —de lunes a lunes, más un epílogo medio año después—, y el motor de esa cuenta atrás es lo que el tío confiesa antes de despedirla: cree que los huesos del poeta guardan la clave para llegar al Camino de perfección, la única obra que Jesús habría escrito de su puño y letra, el mensaje capaz de devolver a la Iglesia a la pureza de sus orígenes. Sara, que se declara atea y desconfía de la confraternidad de la salamandra azul cuyos miembros poblaron su infancia, acepta por afecto más que por convicción. Se marcha con un colgante ovalado y negro al cuello y la promesa de no separarse nunca de él.
Rávena la recibe entre niebla, ladrillos milenarios y calles vacías. Allí la espera Gabriele Rossetti, dantista de renombre, corpulento y de un orgullo fácil de herir, que sostiene ante decenas de cámaras una tesis incómoda: Dante no murió de malaria en los pantanos de Comacchio al volver de su embajada en Venecia, sino envenenado por sus enemigos. Cuando Sara levanta la tapa de la caja de madera y va depositando sobre la mesa metálica los fragmentos ennegrecidos —parte de una calota craneal, huesos largos, costillas, esquirlas cada vez menores—, sabe dos cosas: que dispone de día y medio, que el análisis no podrá repetirse jamás, y que entre los periodistas hay una voz conocida que no ha venido solo a tomar notas.
A partir de ahí, el trabajo de laboratorio y la filología dantesca se enredan con intereses que llevan siglos esperando este momento. Lo que Sara buscaba era una causa de muerte; lo que empieza a encontrar es un mensaje.