Un debate encendido en el foro de un diario porteño enfrenta a dos desconocidos que discuten bajo seudónimo sobre violencia, justicia y género. Cuando el azar los cruza en el mundo real —él, suplente de biología; ella, profesora de…
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Un debate encendido en el foro de un diario porteño enfrenta a dos desconocidos que discuten bajo seudónimo sobre violencia, justicia y género. Cuando el azar los cruza en el mundo real —él, suplente de biología; ella, profesora de literatura en el aula equivocada—, la disputa ideológica se convierte en atracción, y la atracción en un vínculo clandestino que deberán sostener sin renunciar a lo que cada uno piensa. Andrés Arg. construye una novela de tesis a dos voces que no busca ganadores, sino el punto exacto donde la conversación todavía es posible.
Todo empieza de noche, frente a una pantalla. En los comentarios de un diario de Buenos Aires, la noticia de un hombre asesinado por una mujer parte a los lectores en dos trincheras: quienes reclaman que también se visibilice esa violencia y quienes señalan que, invertidos los géneros, la repercusión y la respuesta judicial habrían sido otras. Entre decenas de voces, dos usuarios se despegan del ruido colectivo —Eros y Minerva— y convierten el debate grupal en un duelo privado que ninguno de los dos sabe cómo abandonar.
Detrás de Eros está Agustín Rosas: docente suplente de biología, estudiante de medicina, inquilino de una pensión donde el sueldo apenas alcanza. Es puntual por principio y polemista por costumbre, y esa combinación lo mete en problemas desde su primera jornada de trabajo. Un error de la preceptoría lo deposita en el aula equivocada, donde improvisa una clase sobre qué define a un ser vivo y termina arrastrado por sus alumnos hacia terrenos mucho menos neutrales: identidad, gestación, aborto, los límites de lo que la biología puede y no puede decidir. Desde la puerta, una mujer interrumpe para objetar su argumento. No es una alumna impuntual, como él supone, sino Laila Fernandez, la profesora de literatura a cuyo curso acaba de invadir.
De ese cruce incómodo —mitad discusión, mitad cortejo delante de treinta adolescentes— nace un papel doblado con un número de teléfono y una cita. Vienen entonces los mensajes de trasnoche, el aprendizaje mutuo, los desacuerdos postergados con un “dejémoslo para cuando nos veamos”. Y llega la primera salida: un café, un ramo de amapolas elegido con precisión de detallista, y la conversación que ambos venían esquivando. Acoso, opresión, empatía, amor propio, las etiquetas que cada uno tiene lista para el otro. La charla escala hasta el punto en que Agustín pide la cuenta, y el destino de todo queda librado a un gesto mínimo: una flor soltada sobre el mantel, y hacia qué lado cae.
La novela se detiene ahí para mostrar las dos ramas posibles —el desencuentro y su duelo silencioso, o la segunda oportunidad— antes de seguir por una de ellas. Lo que viene después es un romance a puertas cerradas: una normativa escolar que prohíbe los vínculos entre colegas, miradas desviadas en los pasillos, presentaciones fingidas en la sala de profesores y un pacto de silencio que a los dos les resulta, en partes iguales, agotador y excitante. Puertas afuera, la pregunta de fondo persiste: si dos personas que piensan distinto pueden quererse sin exigirse la conversión del otro, o si la convivencia terminará pidiendo que alguien ceda.
Escrita en registro coloquial rioplatense, con capítulos breves que alternan el chat, el aula y la intimidad, la obra apuesta por el diálogo como forma narrativa: las discusiones avanzan sin árbitro y a menudo sin conclusión, tal como el propio autor advierte en su nota preliminar, donde declara que no busca imponer una postura sino tender puentes y dejar el juicio en manos de quien lee. Una historia de amor con forma de debate —o un debate que, contra su propia voluntad, se enamora.
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