Viento, un joven inquieto que sueña con convertirse en maestro de las siete llaves, emprende un viaje hacia el norte para encontrar al gran maestro que habita bajo el árbol del Desierto de los Sueños.
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Viento, un joven inquieto que sueña con convertirse en maestro de las siete llaves, emprende un viaje hacia el norte para encontrar al gran maestro que habita bajo el árbol del Desierto de los Sueños. En el camino se le suman un búho sabio con un pasado oculto y una maestra de la tierra que busca a su hermano desaparecido; juntos enfrentan brujas, minas malditas y un dragón que solo escupe humo, descubriendo que cada rescate ajeno los acerca a su propio destino.
En un mundo donde los mitos aún se dan por ciertos y cada pueblo cuenta con un maestro que hace de guardián de los sueños, médico y juez, un muchacho apodado Viento —porque nunca se queda quieto— decide perseguir la más alta de las aspiraciones: convertirse en maestro de las siete llaves. El camino se lo señala Roble, el maestro de su aldea: hay que viajar al norte, cruzar el territorio de las almas perdidas y llegar al Desierto de los Sueños, donde bajo un árbol inmenso aguarda el maestro de maestros con una única pregunta que solo la verdad puede responder.
Antes de partir, Viento visita a su abuelo Nube, antiguo ayudante de un mago, cuya casa se abre con un conjuro que él mismo ya no recuerda. De esa despedida salen los amuletos que sostendrán el viaje: un puñado de hierbas contra el trance del desierto, una escama de dragón que protege del robo del alma y la compañía de Salomón, un búho de sabiduría antigua y voluntad de estirar las plumas. La ruta los lleva por bosques de manzanos y árboles vampiro, por caminos donde duendes ladrones adormecen a los viajeros con pájaros del sueño, hasta Villa Duende, aldea comerciante donde se muele la piedra con que se hace el polvo de duende. Allí el trío se completa con Brisamarina, maestra de la tierra llegada de la isla de Ingenio, que busca a un hermano que partió un año atrás con el mismo sueño que Viento y nunca volvió.
La aventura avanza por episodios encadenados que funcionan como pruebas: un niño cuya alma quedó atrapada en un espejo comprado por descuido, una bruja que desata tormentas y solo cede ante un conjuro hecho a tres voces, y sobre todo las minas, donde un accidente obliga a descender por galerías de hielo, vapor, carbón y hongos venenosos hasta la puerta de un castillo sepultado. Lo que la leyenda atribuye al alma de un pirata sanguinario resulta ser la historia de un rey justo corrompido por la magia negra, cuyo lado oscuro se separó de él y encerró su parte buena tras un espejo. Es en ese sótano del relato donde el pasado de Salomón sale a la luz y donde el rescate deja de ser solo el de unos mineros para volverse también el de un alma partida en dos.
Después del castillo, cuando el tesoro parece camino a manos de sus legítimos herederos, un dragón lo arrebata del aire y obliga a subir a la montaña gris, hasta el Campanario del Dragón. La revelación es doméstica y enorme a la vez: el ladrón es Humo, el dragón amigo que nunca logró escupir más que humo, y el robo era el único modo que encontró para que un relojero reparara el mecanismo que abre la puerta entre este mundo y el de los sueños antes de que se cumplan los doscientos años y el equilibrio entre luz y oscuridad se rompa.
Escrita en un registro claro y de fábula, con diálogos breves y un imaginario que mezcla duendes comerciantes, maestros del tiempo, brujas traficantes de almas y dragones burocráticos del destino, la obra propone una lectura sencilla de leer y de fondo doble: cada desvío que Viento acepta por ayudar a otro es, en realidad, parte del aprendizaje que buscaba. Los lobos de su primer sueño eran el miedo; la voz de la cueva, la conciencia. Todo lo que sigue pone esa lección a prueba en el camino hacia un desierto donde, al final, solo hará falta responder con verdad.
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