Neal Ascherson recorre las orillas del mar Negro como quien lee un solo texto escrito por muchas manos: griegos y escitas, bizantinos y tártaros, colonos de Odessa y pescadores de Trebisonda.
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Neal Ascherson recorre las orillas del mar Negro como quien lee un solo texto escrito por muchas manos: griegos y escitas, bizantinos y tártaros, colonos de Odessa y pescadores de Trebisonda. Mezcla crónica de viaje, historia y ecología para sostener una tesis incómoda: esta cuenca no es una periferia ni un mosaico de naciones enfrentadas, sino un único paisaje cultural en cambio perpetuo, donde las identidades se inventan con la misma facilidad con que el mar devora su propia vida.
Hay libros que nacen de una obsesión juvenil. Este empezó a los dieciséis años, leyendo a Rostovtzeff sobre los iranios y griegos del sur de Rusia, y tardó media vida en convertirse en viaje: túmulos de reyes nómadas junto al Dniéper y el Don, museos polvorientos en Olbia y Tanais, casas de corresponsales en Moscú, un congreso de bizantinistas en agosto de 1991 interrumpido por el golpe de Estado que acabaría con la Unión Soviética.
De ese cruce entre erudición y reportaje sale un relato que se niega a separar lo que suele estudiarse por partes. La historia empieza en el agua: en 1680, un joven Luigi Ferdinando Marsigli descuelga en el Bósforo una cuerda con corchos y descubre que allí corren dos corrientes opuestas, la primera vez que este mar se mira como masa de agua y no solo como un óvalo de costas ajenas. Siglos después se sabrá lo esencial: por debajo de los ciento cincuenta metros no hay vida, el noventa por ciento de su volumen está impregnado de ácido sulfhídrico, y sin embargo esa fina capa superior sostuvo durante milenios una abundancia casi monstruosa —esturiones, bonito, el millón de toneladas de anchoa que gira cada año de Odessa a Batumi.
Sobre esa costa se despliegan los pueblos que la ocuparon y se inventaron unos a otros: la mirada griega que fabricó al bárbaro escita, la Trebisonda de los Comneno, los tártaros de Crimea, el sarmatismo de la vieja aristocracia polaca, la Odessa cosmopolita del XIX. Y sobre el presente, un prólogo fechado en 2015 que enumera revoluciones y guerras —las Rosas, la Naranja, las protestas turcas, Georgia en 2008, Crimea en 2014— con una sospecha que atraviesa el libro entero: en toda la cuenca vuelven a abrirse las sepulturas de la historia, los manuales escolares se reescriben como manifiestos dirigidos al vecino y la pérdida de una lengua franca deja a generaciones enteras sin manera de hablarse.
Es también un libro de ecología política, y ahí reside su ironía más filosa. La quiebra postsoviética limpió el mar al arruinar a quienes lo envenenaban; una medusa invasora llegada de América devoró a otra y después murió de hambre. Nada de eso lo previeron los políticos, los biólogos ni los escritores de libros. Esa es la lección final: el mar Negro es mayor que sus criaturas humanas y sigue siendo, en todos los sentidos, insondable.