Jacob y Jonathan Rosenbaum empezaron la vida en la misma célula, pero a los veinticuatro años los separa casi todo: uno es activista gay en Boston, el otro estudia en una yeshivá de Jerusalén.
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Jacob y Jonathan Rosenbaum empezaron la vida en la misma célula, pero a los veinticuatro años los separa casi todo: uno es activista gay en Boston, el otro estudia en una yeshivá de Jerusalén. Tras la muerte de su mejor amigo, Jacob acepta el billete que le ofrecen sus padres y viaja a Israel con el encargo imposible de traer de vuelta a su hermano. Una novela de Michael Lowenthal sobre la fe, el deseo y el peso de una memoria familiar que llega hasta el Holocausto.
Hubo un tiempo en que los gemelos idénticos Jacob y Jonathan Rosenbaum respiraban al unísono. De aquella intimidad primera —el codazo en la cuna, la varicela dibujando el mismo mapa en dos espaldas pecosas— queda poco a los veinticuatro años. Jacob milita por los derechos de los gays en Boston y acaba de despedir a Marty, su mejor amigo, a quien cuidó hasta el final. Jonathan, después de atravesar las drogas, el Grateful Dead y un breve coqueteo con la cienciología, ha encontrado en el judaísmo ortodoxo una certeza que su familia vive como deserción, y estudia en una yeshivá de Jerusalén.
Los padres llevan meses insistiendo con un billete de avión: una semana en Israel y la esperanza de que un hermano convenza al otro de volver. Jacob lo acepta menos por fe en la misión que por el vacío que le dejó la muerte de Marty. El vuelo ya es una frontera: a nueve mil metros los pasajeros se atan el tefilín y rezan un amanecer que se ha vuelto un blanco en movimiento, y él, que apenas sabe descifrar el hebreo sin vocales, se descubre llorando por un abuelo muerto hace diez años en lugar del amigo recién perdido.
Lo que sigue no es un rescate, sino un reconocimiento. En una tierra que se niega a llamar prometida, Jacob mide la distancia entre su vida y la de un hombre que tiene su misma nariz torcida, sus mismos hoyuelos y una barba que nunca lo vio crecer. La convivencia forzada saca a flote lo que la familia lleva décadas administrando en silencio: la culpa, los pactos tácitos, un secreto que se remonta a los campos de exterminio y a los nombres que nadie pronuncia. Cuando una presencia inesperada precipita el enfrentamiento entre los dos hermanos, la discusión deja de ser religiosa para volverse otra cosa: quién tiene derecho a contar la historia de los muertos.
Con humor seco y una atención minuciosa al detalle físico —el reloj que un abuelo adelanta para hacerle trampa al sabbat, las correas de cuero que dejan marcas color ciruela en un brazo—, Lowenthal construye una novela sobre la identidad como negociación permanente: entre el deseo y la ley, entre lo heredado y lo elegido, entre ser casi dos sin llegar a ser del todo uno.
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