Un año después de los atentados que sacudieron Londres y del final sangriento de Keira Kingston, el fotógrafo español Marcos Guillem regresa a la capital británica llamado por el Gloucester Post.
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Un año después de los atentados que sacudieron Londres y del final sangriento de Keira Kingston, el fotógrafo español Marcos Guillem regresa a la capital británica llamado por el Gloucester Post. El periódico necesita limpiar su nombre y le entrega un legajo inquietante: cinco fichas firmadas por su antigua directora que describen cinco asesinatos de mujeres con años de antelación. Mientras tanto, la reportera Chelsea Hart persigue en televisión las piezas que faltan de esa misma historia.
Londres ha decidido seguir adelante. La abadía está restaurada, los turistas hacen cola, y una pequeña cruz recuerda a los muertos de un atentado que el país prefiere archivar. Solo unos pocos siguen sin poder cerrar el expediente.
Uno de ellos es Marcos Guillem, fotógrafo español que aterriza de nuevo en Luton bajo la lluvia, con el mismo miedo a volar y una herida más reciente: el reconocimiento por resolver el caso anterior se lo llevó otra persona. Lo recibe Frank Gellert, veterano del Gloucester Post, y lo lleva a la sede de Kensington, donde el diario intenta sobrevivir al escrutinio de Scotland Yard, a los registros, a los juicios y a la sospecha de haber sido cómplice y no herramienta. Junto a Gellert están Bruce Steward, un escocés corpulento y de lengua rápida, y Eileen O’Connor, reportera irlandesa que domina el archivo mejor que nadie.
Lo que ponen sobre la mesa es el expediente Bolcorp: cinco fichas con cinco nombres de mujer, cinco fotografías y cinco descripciones precisas de asesinatos que efectivamente ocurrieron, fechados de antemano y firmados de puño y letra por la antigua directora. Los peritajes sobre la tinta, el sello caduco del periódico y los metadatos de las imágenes apuntan todos al mismo lugar imposible: el documento es anterior a los crímenes.
En paralelo avanza la voz de Chelsea Hart, experta en criminología de un canal londinense, que lleva doce meses gastando presupuesto en una historia que no termina de cuadrar. Le han concedido un mes más. A ella la obsesiona una pregunta concreta: en la National Gallery había alguien más, alguien que avisó a la policía y cuya identidad nunca se hizo pública.
Con un narrador irónico que observa Londres a ras de calle —pubs, mercadillos, autobuses bajo el agua, comidas familiares que acaban en portazo—, esta segunda entrega convierte la investigación en un doble recorrido: dos personas buscando lo mismo desde extremos opuestos de la ciudad, sin saber todavía que el hilo suelto tiene nombre de reina decapitada.
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