Barcelona, febrero de 1912: una niña de tres años se esfuma de un portal del Raval y la ciudad entera se detiene a buscarla. Fernando Gómez reconstruye el caso de Teresa Guitart y la figura de Enriqueta Martí a través de las voces de…
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Barcelona, febrero de 1912: una niña de tres años se esfuma de un portal del Raval y la ciudad entera se detiene a buscarla. Fernando Gómez reconstruye el caso de Teresa Guitart y la figura de Enriqueta Martí a través de las voces de quienes lo vivieron —un guardia municipal a punto de jubilarse, un alcalde recién estrenado, una vecina observadora, un brigada escéptico—, componiendo una crónica novelada donde el horror no se anuncia: se deduce, testimonio a testimonio.
Son las siete de la tarde de un sábado de febrero de 1912 y el guardia municipal José Asens solo piensa en el relevo, en el reuma que le muerde la espalda y en el cuento ilustrado que ha comprado para su nieta. Entonces una mujer lo agarra de la manga y repite un nombre que ya no dejará de sonar en Barcelona: Teresita. Su hija de tres años ha desaparecido del rellano de casa en el tiempo que dura una conversación de vecinas.
A partir de ese instante, «El misterio de la calle Poniente» avanza como un mosaico de declaraciones. Cada capítulo cede la palabra a un testigo distinto y todos hablan en primera persona, sin saber que sus fragmentos encajan: el guardia que recorre de noche tabernas y garitos porque la niña se parece demasiado a su nieta; el alcalde Joaquín Sostres, dos meses en el cargo y ya convencido de que su nombre quedará atado para siempre a este suceso; Claudina Elías, que desde su ventana al patio interior ve a una niña de cabeza rapada tras unas rejas y no sabe todavía lo que está viendo; el brigada Ribot, más preocupado por el aumento de los hurtos en el distrito que por lo que él considera un comadreo de escalera. De la suma de esas miradas parciales —ninguna capaz de comprender el conjunto— emerge el rostro de Enriqueta Martí: harapienta al amanecer, deslumbrante en el Liceo, tratada con reverencia por quienes deberían no conocerla.
Fernando Gómez apoya la reconstrucción en un material que no necesita adornos, porque los hechos ocurrieron. Alrededor del caso se despliega una Barcelona reconocible y áspera: calles estrechas que no ve el sol, medio millón largo de habitantes llegados de toda España, mutilados de Cuba y Filipinas vagando con sus medallas ennegrecidas, la resaca de la Semana Trágica todavía caliente, el servicio militar obligatorio a las puertas y una prensa que convierte la búsqueda en folletín por entregas. Circulan los rumores del coche de la sangre y del sacamantecas; el Gobernador Civil los desmiente por decreto y nadie le cree. Videntes, apuestas clandestinas, recompensas de industriales y rogativas episcopales conviven con una investigación policial fragmentada, donde los cuerpos compiten en lugar de colaborar.
El resultado es un relato criminal construido por acumulación de indicios cotidianos, más atento a la textura de la época y a la conciencia de sus testigos que al golpe de efecto. Lo verdaderamente perturbador no es solo lo que Enriqueta Martí hizo, sino la clientela que lo hacía posible: una ciudad donde la sangre de los pobres tenía comprador entre los ricos, y donde nadie miró demasiado hasta que una madre gritó en plena calle.
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