Un aficionado a los lugares abandonados cumple por fin su objetivo: entrar, junto a su amigo Saúl, en el viejo sanatorio antituberculoso de Agramonte, a los pies del Moncayo.
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Un aficionado a los lugares abandonados cumple por fin su objetivo: entrar, junto a su amigo Saúl, en el viejo sanatorio antituberculoso de Agramonte, a los pies del Moncayo. Mientras recorren pasillos ruinosos, terrazas vacías y una capilla en penumbra, otra voz habla desde el pasado: la de Joaquín, un enfermo internado allí en los años setenta. Dos tiempos que avanzan en paralelo hacia un mismo edificio y hacia lo que aún guarda entre sus muros.
La novela arranca lejos del Moncayo, con una estampa luminosa: un sacerdote que en 1885 camina hacia su nueva parroquia sin sospechar que su nombre quedará atado para siempre a un enigma. Ese preludio funciona como declaración de intenciones: aquí interesan las historias que no terminan de cerrarse, las que siguen atrapando a curiosos mucho después de que sus protagonistas hayan muerto.
De ahí el relato salta al presente y a una fábrica ruidosa donde el narrador cuenta las horas que faltan para sus vacaciones. Lo que tiene planeado no es descanso, sino una visita largamente perseguida: el sanatorio abandonado de Agramonte, levantado en pleno parque natural del Moncayo. Su mujer, Andrea, insiste en desaconsejársela; él acaba yendo con Saúl, el amigo que conoció años atrás en una web sobre edificios abandonados y con quien comparte la atracción por el misterio y por los sitios que el tiempo ha dejado atrás. Tras muchas negativas administrativas, y una mentira útil, consiguen el permiso.
Antes de entrar, el libro reconstruye la biografía del lugar: un refugio de montaña convertido en hotel, la guerra, la transformación en sanatorio para tuberculosos a cargo de las Hermanas de la Caridad, las camas alineadas en las terrazas para que los enfermos tomaran el aire, el pequeño camposanto donde acababan quienes no podían costear un traslado. Se suma el recuerdo de otra visita, la del Belchite arrasado, donde el escalofrío no venía de voces del más allá sino de imaginar lo que vivieron sus habitantes.
La exploración avanza entre techos combados, agujeros en el suelo, habitaciones saqueadas y un silencio anómalo, sin pájaros. Intercalados, los capítulos ceden la palabra a Joaquín, ingresado en Agramonte cuando la enfermedad empezaba a remitir: el médico que le anuncia la mejoría, un sacerdote de mirada insistente al que llaman chiflado, y Clara, la joven que lo cita junto a la fuente del patio trasero y lo lleva a pasear al bosque. Dos épocas separadas por décadas, un mismo edificio, y la sospecha creciente de que ambas líneas se buscan.
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