Anthony Venn, un funcionario inglés que regresa de Nigeria aquejado de paludismo, busca un cottage en Sussex para que su hermana pueda vivir en el campo.
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Anthony Venn, un funcionario inglés que regresa de Nigeria aquejado de paludismo, busca un cottage en Sussex para que su hermana pueda vivir en el campo. Un viaje casual lo llevará a conocer a Elaine Mant, esposa de Maurice, quien le ofrece un hermoso cottage. Pero con la propiedad viene un oscuro secreto: su anterior ocupante, el jardinero Binnings, murió en circunstancias misteriosas hace apenas seis meses, y la policía local cree que fue asesinado.
Anthony Venn, un funcionario colonial inglés que regresa de Nigeria con licencia por enfermedad tras sufrir reiterados ataques de paludismo, se instala en Londres con un propósito bien definido: encontrar un cottage en el campo para su hermana Marguerite, viuda de un artista fallecido hace poco más de un año, que anhelaba volver a Inglaterra desde su residencia en Scheveningen. Durante su tedioso peregrinaje por los pueblos de los condados del sur, Venn conoce a Nicholas Thorpe, un abogado de mediana edad que ocupa las habitaciones superiores en Clarion Court. Entre ambos surge una breve pero estimable relación que, cuando Venn está a punto de abandonar sus búsquedas, dará un giro inesperado.
Thorpe le presenta a Maurice Mant, un antiguo oficial de marina que posee un cottage en Sussex. Todo parece encajar como si el destino mismo interviniese en los asuntos de Venn: cuando viaja a ver la propiedad, conoce en Victoria Station a Elaine Mant, la esposa de Maurice, una mujer de extraordinaria belleza que desciende del tren con el nombre de una tienda de sombreros en las manos. En el viaje hacia Sussex, Elaine no solo habla maravillas del cottage, sino que revela un inquietante secreto que cambiará los términos de la propuesta.
El anterior ocupante de la casa, un jardinero llamado Binnings que había trabajado para la familia durante años, fue hallado muerto hace apenas seis meses en circunstancias que inicialmente parecieron accidentales. Sin embargo, la policía concluyó que se trataba de un asesinato: la luz apagada, el libro que leía, las gafas cuidadosamente colocadas, y una botella de whisky semivacía componían un cuadro de complejidad sospechosa. Pero lo más perturbador no era la muerte en sí, sino la naturaleza del hombre que había muerto. Binnings, según Elaine, era alguien peligroso: poseía una insaciable curiosidad sobre los asuntos ajenos, guardaba secretos comprometedores de todos en Hallam y, cuando se emborrachaba, se jactaba de su conocimiento con insinuaciones que inquietaban a quien las escuchaba. Su muerte, lejos de ser un misterio sin resolver, podría ser la venganza de alguien que tenía mucho que perder si sus secretos salían a la luz.