Una sociedad de trece caballeros dedicada a combatir las supersticiones se reúne cada martes en un salón reservado de un club porteño, presidida por un doctor tan corpulento como enigmático.
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Una sociedad de trece caballeros dedicada a combatir las supersticiones se reúne cada martes en un salón reservado de un club porteño, presidida por un doctor tan corpulento como enigmático. Cuando cinco jóvenes piden entrar y son rechazados por su edad, deciden vengarse con una broma pesada aprovechando la casa "embrujada" que un propietario desesperado ofrece al grupo como sede. La burla se les va de las manos y desemboca en tragedia.
Publicada por primera vez en noviembre de 1952 dentro de una colección popular argentina de aparición quincenal, esta novela breve juega en la frontera entre la comedia de costumbres y el relato de terror, y hace de esa oscilación su método.
La acción arranca en el Club “Gran Capital”, refugio de una sociabilidad porteña donde conviven sin mezclarse la aristocracia venida a menos, la burguesía, el nuevo rico y una clase media obligada a aparentar. En uno de sus saloncillos se congrega el llamado “Club de los 13”: trece señores maduros que, dirigidos por un doctor monumental de voz cavernosa y estatutos inflexibles, se proponen desmontar las supersticiones populares mediante gestos de desafío deliberado —pasar bajo una escalera, encender tres cigarrillos con un fósforo, llevar un gato negro a la sesión.
A ese ritual llega un grupo de cinco jóvenes que pide integrarse. Son rechazados por dos motivos igual de tajantes: su juventud y la aritmética del número trece, que no admite un miembro más. La escena del rechazo, construida como una farsa en un acto, incluye un catálogo burlón de agüeros que los muchachos recitan a coro para provocar a los académicos.
El argumento se anuda cuando el dueño de una casa con fama de embrujada propone al doctor trasladar allí algunas sesiones: quiere que el grupo desacredite el rumor que le impide alquilarla o venderla. Los jóvenes escuchan la aceptación y preparan una broma pesada que terminará en tragedia.
Desde ahí el relato alterna lo fantasmagórico y lo real sin decidirse a favor de ninguno, hasta una conclusión que resuelve la ambigüedad. Un prólogo aparte, escrito en clave alegórica, presenta a la Muerte como figura personificada y anticipa el tono: incluso ella puede ser una víctima.
El atractivo de la obra está en el contraste. La galería de personajes secundarios —el administrador harto de su trabajo, el ordenanza que piensa demasiado, el socio miope que huye de su prima insistente— sostiene un humor costumbrista de época que vuelve más eficaz el vuelco hacia lo siniestro. Y bajo la anécdota late una pregunta que el propio texto formula: qué separa la razón ilustrada de la credulidad que dice combatir.