Ensayo clásico de crítica histórico-religiosa en el que Arthur Drews sostiene que la figura de Jesús no fue un personaje histórico, sino la cristalización de un mito gestado durante siglos.
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Ensayo clásico de crítica histórico-religiosa en el que Arthur Drews sostiene que la figura de Jesús no fue un personaje histórico, sino la cristalización de un mito gestado durante siglos. Partiendo del prólogo a esta edición refundida, el autor recorre el ideal del hombre divino en Séneca, el culto imperial romano, la esperanza mesiánica judía transformada por el parsismo y la doctrina del Logos en Filón de Alejandría, para mostrar cómo el cristianismo pudo nacer sin fundador histórico.
El libro se abre con un prólogo en el que el autor explica que esta versión ha sido reescrita casi por completo: apenas sobreviven unas páginas de la edición antigua, la segunda parte se ha integrado al conjunto y todo el material se ha puesto al día. Con ella, Drews declara cerrado el ciclo de investigaciones que había desplegado en volúmenes sobre el evangelio de Marcos, la mitología astral, el gnosticismo y la leyenda de Pedro. El prólogo es también un ajuste de cuentas: reprocha a la teología académica falta de argumentos y de lealtad, describe la inercia de un público que conoce los evangelios solo por recuerdos catequísticos y cita a Steudel para explicar por qué una verdad que exige atravesar una civilización desaparecida difícilmente se vuelve popular. Reconoce, sin embargo, que la polémica obligó a sus adversarios a renovar métodos y a buscar pruebas nuevas, y saluda los trabajos de Hermann Raschke sobre el taller del evangelista Marcos.
La exposición propiamente dicha comienza con un largo pasaje de Séneca sobre el alma en la que la razón es perfecta, enviada del cielo como los rayos del sol que tocan la tierra sin desprenderse de su origen. Ese retrato del hombre ideal sirve a Drews para reconstruir el clima espiritual de los primeros siglos: imperios aplastados, guerras, pestes y hambre; el desgaste de las religiones nacionales; la ruptura entre naturaleza y espíritu; el sincretismo, los cultos orientales y las sociedades de misterios. En ese vacío, el emperador pudo encarnar al príncipe de la paz, y una inscripción anterior a nuestra era ya hablaba de un salvador cuyo nacimiento inaugura una era nueva y cuyos anuncios se llaman evangelios.
Dos capítulos precisan el linaje de la figura. El primero sigue la huella del parsismo en la fe judía posterior al destierro: el dualismo, Satán como adversario, Mithra mediador, el Saoshyant nacido de una virgen, la resurrección, el juicio final y el reino milenario, y el modo en que el Mesías pasa de rey humano a Hijo del Hombre preexistente en Daniel, Henoch y Esdras. El segundo examina la vía helenística: la Sabiduría de los Proverbios y el Logos de Filón, hijo primogénito, segundo dios, sumo sacerdote e intercesor, hombre ideal a cuya imagen se modelan los demás. Al final, todos los rasgos atribuidos al fundador aparecen disponibles antes de él.
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