Un narrador que vive a miles de kilómetros y a varias generaciones de distancia intenta contar cómo su abuelo dejó que el río se tragara un molino. La duda no es moral sino técnica: por dónde empezar, cuál es la primera frase.
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Un narrador que vive a miles de kilómetros y a varias generaciones de distancia intenta contar cómo su abuelo dejó que el río se tragara un molino. La duda no es moral sino técnica: por dónde empezar, cuál es la primera frase. De ese titubeo nace el retrato de una aldea del bajo Vístula en los años setenta del siglo XIX, donde alemanes, polacos, judíos y gitanos conviven en un equilibrio hecho de graneros, sermones y agravios que nadie nombra en voz alta.
«34 frases sobre mi abuelo», anuncia el subtítulo, y el libro cumple esa promesa con una literalidad desconcertante: el relato avanza por frases numeradas que el narrador ensaya, descarta y vuelve a escribir delante del lector. La primera intentona —«El río Drewenz es un afluente que está en Polonia»— se cae sola por los malentendidos que arrastra; la segunda, mucho más larga, ya no es una frase sino un mundo entero.
Ese mundo es una aldea próspera del bajo Vístula hacia 1870, con establos sólidos y granjas que en otras regiones habrían albergado media comarca. Los alemanes se apellidan Kaminski o Tomaschewski; los polacos, Lebrecht o Germann. Las fronteras que de verdad separan no están en los nombres sino en las capillas: baptistas, adventistas y evangélicos discuten quién puede bautizar a quién y con cuánta agua. El predicador Feller llega una mañana con dos cancioneros negros bajo el brazo, dispuesto a expulsar demonios y a exigirle al abuelo —decano de la comunidad— que no asista al bautizo de su sobrino en la iglesia de Malken. En el umbral lo espera Glinski, un ganso que lleva el nombre del párroco rival y que ese día, inexplicablemente, se niega a pelear.
Alrededor de esa escena doméstica —patatas cocidas, caldo con tocino, la abuela Wendehold echando las cartas junto a la estufa, un cuesco disimulado en el chirrido de una silla— el libro va colocando lo que importa y nadie menciona. Está el molino sobre un brazo del Drewenz, con sus dos empleados polacos que llaman «diablo» al patrón apenas se aleja. Está Levin, que ha pasado a saludar. Está la casita de Pilch, donde viven el gitano Habedank y Marie. Y está algo ocurrido en primavera que toda la aldea conoce y de lo que solo los polacos hablan, y no muy alto.
El humor es seco y la ironía nunca se ensaña. La talla del Bautista en el altar de Malken, enflaquecido de tanta langosta, o la aparición nocturna del antepasado Poleske —bandolero decapitado en una plaza sin espectadores— repitiendo dos palabras en mayúscula, Mi Derecho, dicen más que cualquier declaración de principios. Porque de eso trata el libro: de un hombre convencido de que le asiste el derecho, y de un nieto que decide, contra la comodidad de la familia, averiguar quién pagó por él.
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