Norm tiene doce años —casi trece— y la certeza de que el mundo se ha propuesto fastidiarlo. Su familia se ha mudado a una casa diminuta, su padre sigue sin trabajo, los cereales son de marca blanca y sus hermanos pequeños amanecen en su…
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Norm tiene doce años —casi trece— y la certeza de que el mundo se ha propuesto fastidiarlo. Su familia se ha mudado a una casa diminuta, su padre sigue sin trabajo, los cereales son de marca blanca y sus hermanos pequeños amanecen en su cuarto sin que nadie sepa muy bien por qué. Cuando descubre que su mejor amigo tiene una tableta nueva, la envidia deja de ser una nota y se convierte en sinfonía. Una comedia familiar contada desde el desconcierto de un chaval que solo quiere que lo dejen montar en bici.
El día de Norm arranca con un tropiezo literal: al salir de la cama pisa a Brian, su hermano mediano, que ha acabado durmiendo en el suelo de su cuarto tras perderse camino del baño. Minutos después aparece Dave, el pequeño, acurrucado en su propia cama, y el perro de la familia debajo de ella, junto a un obsequio que Norm localiza descalzo y sin necesidad de mirar. Todavía no ha desayunado y ya sabe qué clase de jornada le espera.
La mudanza a una casa mucho más pequeña, el despido de su padre, los cereales baratos y un único baño compartido son el telón de fondo de una familia que hace equilibrios. Su madre acaba de empezar a cubrir una baja en una cafetería del centro y sigue encargando por televisión artefactos de utilidad dudosa, como una cuchara ligeramente más pequeña que promete hacer comer más despacio y, por lo tanto, comer menos. Su padre alterna el grito y la negociación. Sus hermanos han descubierto que portarse bien tiene recompensa, y esa noche la recompensa huele a pizza.
En el colegio, la señora Simpson —a quien todos llaman Marge— le pide cuentas por unos deberes de matemáticas que nunca aparecen. Norm improvisa una dolencia inventada, arranca la carcajada de la clase entera y se lleva a cambio un sobre destinado a sus padres. Pero el golpe de verdad llega antes, de camino a clase, cuando su mejor amigo, Mikey, menciona de pasada que tiene una tableta. Mikey se lo había callado precisamente porque sabe cómo andan las cosas en casa de Norm, y esa delicadeza no hace sino empeorarlo todo.
A partir de ahí, ni siquiera la bicicleta —lo único que Norm ama sin reservas, lo único capaz de apagar la parte de su cabeza que se llena de malos rollos— consigue distraerlo. La única conversación que le sirve de algo es la del abuelo, en su parcela: un hombre parco, irónico y sorprendentemente al día, que le confirma que la envidia es de lo más normal y le regala un consejo tan absurdo como sensato.
Narrada muy pegada a la lógica desesperante y literal de un chico de doce años, esta es una comedia doméstica de diálogos rápidos, malentendidos encadenados y agravios rigurosamente documentados. Bajo la risa late algo más serio: el dinero que falta, las comparaciones que duelen y la injusticia, siempre superinjusta, de no tener lo que tienen los demás.
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