Benjamin Ziskind, un hombre de treinta años atrapado en la depresión tras la muerte de sus padres y un fracaso matrimonial, trabaja como redactor para un programa de televisión.
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Benjamin Ziskind, un hombre de treinta años atrapado en la depresión tras la muerte de sus padres y un fracaso matrimonial, trabaja como redactor para un programa de televisión. En un cóctel en un museo, mientras observa la exposición de Marc Chagall, descubre una pintura de su infancia que no debería estar allí. Un encuentro casual lo llevará a tomar una decisión que cambiará su vida.
Benjamin Ziskind habita un mundo de fantasmas. A los treinta años, recién divorciado y sumido en una depresión que lo envuelve como una bruma constante, Ben se siente rodeado por los espectros de sus padres, aunque hace tiempo que abandonaron este mundo. Su madre murió hace apenas seis meses, una ausencia que todavía pesa como una larga noche sin fin. Su padre desapareció hace casi veinte años, pero su presencia persiste en cada rincón de la memoria.
Ben trabaja como redactor de preguntas para un concurso de televisión llamado American Genius, un trabajo que alguna vez le pareció perfecto. Creía que su inteligencia, superior a la de sus colegas, terminaría siendo recompensada. Pero ahora, cumplidos los treinta años, sus preguntas son rechazadas con regularidad, y ha comenzado a confundir las preguntas del programa con las que se formula a sí mismo: sobre el dolor de su divorcio, sobre su hermana gemela Sara, sobre el significado de los restos de sus padres.
Su hermana lo arrastra a un cóctel de solteros en un museo donde se exhibe la exposición “Los años rusos de Marc Chagall”. Ben no quería asistir; Sara le ruega que intente ser feliz, que conozca a alguien. Pero en la galería, el mundo se le presenta como una necrópolis habitada por espectros que toman la forma de desconocidos. Aquí es donde encuentra a Erica Frank, una trabajadora del museo que lo intriga y lo confunde simultáneamente.
Lo que comienza como una conversación incómoda sobre idiomas y yiddish se transforma en algo más complejo cuando Ben se aparta de la multitud y se sumerge en la contemplación de los cuadros. Las obras de Chagall lo hipnotizan, especialmente aquellas en las que los personajes comienzan a volar. Es entonces cuando descubre una pequeña obra que lo desmorona: “Estudio para Sobre Vitebsk”, de 1914.
La pintura le es familiar de un modo devastador. La ha visto colgada sobre el piano en la casa de sus padres. Allí está, en la galería, supuestamente en préstamo de un museo ruso. Pero Ben nota algo más: un rasguño en el ángulo inferior derecho, exactamente donde su hermana Sara, a los siete años, intentó cubrir la obra con esmalte de uñas.
En ese momento, algo dentro de Ben se quiebra. El cuadro se convierte en su puente hacia el pasado, en la última conexión tangible con la infancia que compartió con sus padres. Lo que sucede a continuación es tanto un acto de desesperación como de reclamación. Robar la pintura se convierte en su único acto de resistencia contra el olvido, su última oportunidad de recuperar algo que le arrebató el tiempo.
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