Un fotógrafo conoce en Mérida a una joven arqueóloga a punto de partir hacia Delfos, y el pequeño amuleto tibetano que ella lleva en la oreja abre la puerta a otra historia: la de un manuscrito sagrado que salió del Tíbet en 1952 para ser…
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Un fotógrafo conoce en Mérida a una joven arqueóloga a punto de partir hacia Delfos, y el pequeño amuleto tibetano que ella lleva en la oreja abre la puerta a otra historia: la de un manuscrito sagrado que salió del Tíbet en 1952 para ser escondido lejos, muy lejos de casa. Amor, exilio y un enigma antiguo se enlazan como el nudo que da título al libro.
«El nudo infinito», de Ramón Villeró, arranca con un presagio. A mediados del siglo XX, en el monasterio de Nechung, el oráculo del Estado tibetano anuncia ante el joven XIV Dalai Lama y los grandes linajes del budismo lo que nadie quiere oír: la invasión china es inevitable, y con ella llegarán la muerte, el exilio y el riesgo de que las propias ramas de la religión se enfrenten entre sí. De esa consulta sale también una encomienda concreta: un texto antiguo, el Patha Padaya —«La luz en el sendero»—, debe ser entregado al lama Tenzin Drop Rimpoche, salir del país y desaparecer en un escondite que solo él conocerá.
De ahí la novela salta a un puente sobre el Guadiana. Juan Vielha, fotógrafo, vuelve a Mérida para contar lo que sucedió, y lo cuenta desde el lugar exacto donde empezó: la tarde en que vio a Sofía Hayes apoyada en el muro de piedra, mirando el río. Ella estudia la antigua Emerita Augusta mientras espera incorporarse a una excavación en Delfos; él fotografía la ciudad romana antes de embarcarse por el Mediterráneo. Las semanas siguientes son un itinerario de terrazas al atardecer, ruinas teñidas de luz y una intimidad que se instala sin esfuerzo, hasta que Juan propone lo que su carta náutica ya insinuaba: navegar juntos hasta Grecia. Sofía acepta con una sola condición, y con ella la novela deja claro que en esta historia los destinos no se improvisan, se reconocen.
El relato entonces retrocede una generación para explicar el pendiente que Sofía lleva en la oreja izquierda: el nudo infinito, el símbolo sin principio ni fin. En 1952, su padre, el inglés Robert Hayes, llega al Himalaya obsesionado con alcanzar Lhasa y se queda varado en Kodari, en una frontera cerrada por soldados chinos. En un campamento cercano conoce a Tenzin Drop Rimpoche, el lama del oráculo, y ese encuentro le arrebata el viaje que había soñado para darle otro: renuncia al Tíbet físico y acompaña a su maestro en el descenso a Katmandú, la escala en Delhi y el destierro en Dharamsala. Villeró dedica sus mejores páginas a esa amistad desigual y luminosa —el erudito que descubre cuánto ignoraba de la cultura que había estudiado en su biblioteca, el monje que se interesa por la Grecia clásica con un motivo que no puede confesar— y a la serenidad, casi escandalosa, con que Tenzin habla del exilio, de la ignorancia de los invasores y de su propia muerte cercana.
De la superposición de esas dos líneas nace la tensión del libro. El lector va uniendo lo que los personajes aún no saben que comparten: el manuscrito que debe esconderse lejos del Tíbet, el interés del lama por Grecia, la excavación en Delfos, un velero llamado Omphalos que lleva el nombre del oráculo griego. Con una prosa contenida y sensorial —crepúsculos, olores, el graznido de las cornejas, el girar de los rodillos de oraciones—, y bajo el amparo de Novalis y Conrad, «El nudo infinito» avanza como una novela de viaje y de aprendizaje que también es una historia de amor y una intriga sobre un texto sagrado. Su apuesta de fondo es que nada está suelto: que el sueño anuncia la vigilia, que un encuentro casual puede ser la continuación de otro muy anterior, y que la religiosidad verdadera pesa más en el carácter de un hombre que en cualquier templo.
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