Una biografía que arranca antes del nacimiento de su protagonista: en las trincheras heladas del Nevá, donde un soldado herido sobrevive por azar al cerco de Leningrado.
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Una biografía que arranca antes del nacimiento de su protagonista: en las trincheras heladas del Nevá, donde un soldado herido sobrevive por azar al cerco de Leningrado. De esa herencia de hambre, silencio y orgullo surge el niño de la calle Baskov que cambiará el patio y las peleas callejeras por el tatami, y las novelas de espías por una ambición muy concreta: entrar en el KGB. El relato minucioso de cómo una época fabrica a un hombre.
El libro empieza en noviembre de 1941, en una franja de tierra de apenas kilómetro y medio junto al río Nevá que los soldados llamaron la Nevski Piatachok: una trampa mortal donde murieron trescientos mil hombres. Allí, un peón sin educación llamado Vladímir Spiridónovich Putin cae herido por la metralla de una granada alemana y sobrevive porque un antiguo vecino lo carga sobre los hombros a través del río congelado. Su esposa, María, atrapada dentro de Leningrado sitiada, es dada por muerta y depositada junto a los cadáveres que se apilan en la calle a la espera de recolección; la salvan sus propios quejidos. Su hijo pequeño no corre la misma suerte.
De ese doble milagro, y de las fosas comunes que quedaron alrededor, nace once años después el tercer hijo del matrimonio. La obra reconstruye su infancia con atención casi arqueológica: los dieciséis metros cuadrados de un piso comunitario sin agua caliente en la calle Baskov, la escalera fétida y las ratas que él perseguía con un palo, el patio interior de borrachos, la vecina devota que lo bautiza en secreto a las siete semanas mientras el padre —delegado del Partido en la fábrica, adusto, cojo de por vida— encarna la ortodoxia laica del comunismo.
El relato sigue después la transformación: el niño disruptivo al que un comité vecinal amenaza con enviar a un orfanato, el rechazo inicial de los Pioneros, y el descubrimiento del sambo y el judo como una disciplina que le da lo que ni la religión ni la política le habían dado. Cuando una película de espionaje sobre un agente soviético infiltrado en la Alemania nazi arrasa en las salas de 1968, el adolescente encuentra su vocación y se presenta sin aviso en el cuartel general del KGB para ofrecerse como voluntario. Le responden que estudie Derecho, y eso resuelve la cuestión.
Apoyado en documentación de archivo, en testimonios de maestros, amigos y vecinos, y en las propias declaraciones del biografiado, el texto no busca la anécdota pintoresca sino el mecanismo: cómo el silencio familiar sobre las purgas, la delación y el hambre —lo que no se contaba en la mesa de la cocina— resultó tan formativo como los relatos de heroísmo que sí se contaban.