Madrid, otoño de 2006: Laura Fajardo, actriz atrapada en una obra que detesta y en una ciudad de ventanas grises, ha vuelto de las vacaciones convertida en otra mujer, irritable y ajena a su marido.
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Madrid, otoño de 2006: Laura Fajardo, actriz atrapada en una obra que detesta y en una ciudad de ventanas grises, ha vuelto de las vacaciones convertida en otra mujer, irritable y ajena a su marido. Veinte años atrás, un verano asturiano, había dejado una grabadora entre los helechos de un bosque de castaños para capturar el canto de los pájaros. Lo que la cinta trajo de vuelta —dos voces de hombre, unas frases secas, una amenaza que quizá solo ella escucha— nunca dejó de sonar dentro de ella.
Hay objetos que guardan más de lo que se les pidió. La novela de Edith Checa arranca en un piso madrileño donde Laura Fajardo friega cien veces la misma taza y siente ganas de morder las esquinas de la ciudad. Es otoño de 2006, su hijo se ha ido de casa, el guiso hierve en la cacerola y el silbido con que su marido Diego la saluda al llegar —un gesto compartido durante veinte años, heredado de su padre— se le ha vuelto insoportable. Nadie, ni ella misma, sabe nombrar lo que se ha roto.
El relato retrocede entonces al verano de 1986, a Borres, una aldea asturiana de muros de piedra y tejados de pizarra donde una Laura joven se instala sola, con el proyecto sencillo de caminar un tramo del Camino de Santiago y grabar los sonidos de un bosque para escucharlos después en la ciudad. Deja la grabadora sobre una piedra plana, oculta entre los helechos, marca dos árboles con la navaja para reconocer el lugar y se aleja. Una tormenta la obliga a volver antes de tiempo. Esa noche, sin luz eléctrica y con las contraventanas temblando, escucha la cinta buscando calma: los pájaros, la brisa, y luego un silencio que no debería estar ahí. Pisadas. Dos hombres. Unas pocas frases —una impaciencia, un cansancio, un “quitárnoslo de encima”— que ella repasa hasta memorizarlas, convencida de haber grabado el preludio de un crimen.
La Guardia Civil la escucha con paciencia burocrática y le explica que los peregrinos hablan así. Laura no se conforma: reconstruye horarios, recuerda a las tres personas con las que se cruzó, calcula que apenas media hora la separó de ver esas caras. Y decide, antes del amanecer, ir a buscarlas.
Entre esos dos tiempos se abre un tercero: Taramundi, verano de 2006, donde Laura fue “inmensamente feliz”, cantaba el Ave María a las montañas envueltas en niebla y compró un cucharón de boj a una mujer llena de amargura. De allí volvió cambiada. La novela avanza cruzando esas fechas —1986, 2006— hasta que el lector empieza a sospechar que la memoria no es un archivo sino un lugar habitado, y que lo que se graba en una cinta, en una casa o en un objeto puede seguir hablando mucho después de que las voces se hayan ido.
Una narración de atmósferas densas y lirismo sostenido, atenta al paisaje del norte, al oficio de la interpretación y a esa forma particular de miedo que nace de escuchar algo que nadie más ha oído.
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