Londres, verano de 1882. Daniel Cook y su hermana mayor, Beatrice, llegan a la estación de Waterloo esperando reencontrarse con sus padres tras cuatro años de separación, pero solo encuentran una carta que aplaza otra vez la reunión y los…
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Londres, verano de 1882. Daniel Cook y su hermana mayor, Beatrice, llegan a la estación de Waterloo esperando reencontrarse con sus padres tras cuatro años de separación, pero solo encuentran una carta que aplaza otra vez la reunión y los deja al cuidado de un desconocido: el doctor Ernest Drake, dueño de una tienda de curiosidades en un callejón de mala fama. Entre humo con olor a azufre y visitantes inquietantes, lo que Daniel entrevé tras una puerta cerrada cambia para siempre lo que creía saber sobre los dragones.
La novela se abre con un carruaje negro que cruza Londres al amanecer y abandona ante una tienda diminuta una caja de embalaje que se sacude sola y despide finas columnas de humo. Ese mismo día, en la estación de Waterloo, dos hermanos esperan a unos padres que no llegarán: una carta materna, escrita desde la India, explica que el marajá de Jaisalmer los ha retenido y sugiere que pasen el verano con un viejo amigo de la familia, el doctor Ernest Drake.
Daniel, el narrador, tiene doce años y una curiosidad que no sabe frenar. Beatrice, un año mayor, tiene el escepticismo y el coraje que a él le faltan: es ella quien planta cara a los matones del barrio cuando la travesía hasta Wyvern Way los lleva por las callejuelas degradadas de Seven Dials, y es ella quien repite, con la seguridad de quien nunca ha visto lo contrario, que los dragones no existen.
La tienda que encuentran —la draconalia del doctor Drake— está abarrotada de libros antiguos, estatuillas, bastones y cuadros que imitan a maestros célebres sustituyendo sus figuras por dragones. Entre esas pinturas aparece una acuarela distinta: un retrato de grupo donde los hermanos reconocen a sus propios padres junto a Drake, y también a un hombre de mirada inquietante que los ha estado observando desde la puerta de un pub. En el sótano, mientras arriba se discute a gritos sobre peligros, hipnotismo y responsabilidades ministeriales, Daniel se asoma por el ojo de una cerradura y descubre una habitación revuelta, un tarro roto y una criatura alada, escamosa y humeante que se lanza contra la puerta.
El viaje continúa hacia Sussex, al bosque de Saint Leonard, donde el llamado castillo de Drake resulta ser una casa aparentemente corriente, rodeada de conejos y atendida por un ama de llaves francesa que deja caer que otros niños han pasado por allí antes y que ninguno durmió bien la primera noche. Con capítulos encabezados por citas del Diario de dragones del doctor Drake, el relato combina la ambientación victoriana, la intriga de una sociedad secreta y el aprendizaje de dos hermanos que llegan huérfanos de atención y empiezan a sospechar que su verano será cualquier cosa menos aburrido.
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