Nueva Orleans, una mansión en la St. Charles Avenue y una frontera invisible entre quien sirve y quien es servido: sobre esa línea crecen Reeves Talbot, hijo de los empleados ingleses de la casa, y Olivia Prescott, la nieta mimada de la…
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Nueva Orleans, una mansión en la St. Charles Avenue y una frontera invisible entre quien sirve y quien es servido: sobre esa línea crecen Reeves Talbot, hijo de los empleados ingleses de la casa, y Olivia Prescott, la nieta mimada de la familia. Él se niega desde niño a cruzarla; ella insiste, primero con un balón, después con un deseo de cumpleaños. Años más tarde la fortuna cambia de manos: los Prescott lo pierden todo y Reeves, ya abogado, entra por la puerta principal del mundo que antes lo contrataba por horas. El reencuentro plantea la pregunta que sostiene la novela: si él la quiere a ella o quiere lo que ella representó.
La historia arranca con una imagen que lo explica casi todo: un chico de doce años arrancando malas hierbas en el jardín trasero de la Mansión Prescott, decidido a pagarse él mismo la bicicleta que quiere, mientras una niña de siete, vestida de rosa y recién llegada en la limusina familiar, le lanza un balón que él se niega a devolver más de una vez. Reeves Talbot vive en la cochera rehabilitada, sus padres son el chófer y el ama de llaves, y ha decidido muy pronto que el respeto que ofrece será el mismo que le da al cartero: ni más ni menos. Olivia Prescott, en cambio, solo quiere que alguien juegue con ella.
La novela avanza por saltos temporales que funcionan como capas de una misma herida. Nueve años después, Reeves sirve ponche disfrazado de camarero de opereta en la fiesta de los dieciséis de Olivia, la ve bailar con chicos de su clase y calcula, con una lucidez que le cuesta cara, que aquella muchacha nunca estará a su alcance. Cuando ella lo arrastra detrás de un tiesto para pedirle el beso que ha deseado al soplar las velas, él responde con una dureza calculada para cerrar la puerta de golpe. Olivia formula entonces otro deseo: no volver a verlo nunca. Reeves se encarga de cumplirlo y deja el empleo esa misma noche.
Cinco años más tarde el mundo se ha invertido. Un encuentro casual en el campus revela lo que ha pasado mientras él terminaba Derecho: la abuela muerta de un infarto, el viejo Prescott suicidado, la herencia convertida en deudas, la mansión y las posesiones subastadas. Olivia estudia empresariales con un crédito estudiantil, lleva el pelo recogido con una horquilla y rechaza con serenidad una invitación a tomar café. Reeves calla lo que sabe: su hermana Doreen, periodista y mucho más beligerante que él, prepara un reportaje que terminará de destruir la reputación del abuelo.
El presente encuentra a Olivia a los veintinueve, viviendo en Metairie con una compañera de piso que insiste en que su sitio está en el Nueva Orleans elegante, organizando bodas y fiestas para otros sin cobrar por ello y convencida de que nunca más dejará que su felicidad dependa del dinero. Un domingo cualquiera, las páginas de sociedad del Times-Picayune le devuelven un rostro: Reeves Talbot, «atractivo soltero», fotografiado entre banqueros y abogados prominentes, invitado por el mismo hombre con el que ella estuvo a punto de casarse antes del derrumbe. Reeves ocupa ahora la mansión de la St. Charles Avenue y no piensa conformarse con admirarla de lejos.
Lo que Halston construye no es tanto un romance de reencuentro como un pulso entre dos formas de orgullo. El de él, forjado en la negativa a aceptar limosnas y en la decisión de no cruzar nunca una frontera que no lo invitaba de verdad. El de ella, que aprendió a sostener la barbilla alta el día que le quitaron la cucharilla de plata de la boca. Olivia sigue amándolo, y esa es exactamente su vulnerabilidad: no sabe si entregarse significaría ser querida o ser exhibida como el trofeo que él finalmente consiguió. La novela apuesta por la ambigüedad de esa duda antes que por resolverla pronto, y en ello reside buena parte de su tensión.