En la terraza nocturna de un hotel colonial, dos hombres —un gigante negro alcoholizado y un blanco taciturno que todo lo organiza— esperan la salida de una expedición hacia el interior de África.
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En la terraza nocturna de un hotel colonial, dos hombres —un gigante negro alcoholizado y un blanco taciturno que todo lo organiza— esperan la salida de una expedición hacia el interior de África. Bajo la fachada de un safari fotográfico se oculta un encargo criminal: silenciar a un grupo de jóvenes misioneros antes de la Navidad. En el trayecto, el odio, la culpa y una insólita solidaridad entre un negro americano y un chófer blanco exiliado de los Balcanes van desnudando la verdadera naturaleza del plan y de quienes lo ejecutan.
La acción arranca en la terraza del Hotel Afrika Palast, en la capital de un territorio tropical, donde camareros y huéspedes observan con curiosidad la extraña amistad entre Max Embilint, un negro americano corpulento y bebedor que ha llegado en barco cargado de cámaras y magnetófonos, y Stanislas Krizza, un blanco menudo, políglota y enguantado que nunca revela dónde vive. Todo el hotel cree que Embilint se dispone a filmar fieras en el interior del continente; en realidad, viaja hacia el poblado de Icibolia, territorio de una tribu caníbal, para asesinar antes de Navidad a cuatro jóvenes misioneros evangélicos —tres hombres y una mujer— recién llegados a la región, siguiendo un plan minucioso trazado por Krizza. Durante el largo trayecto nocturno en camioneta, acompañado por dos adolescentes negros de la propia tribu y por un chófer blanco al que no conoce, Max Embilint es asaltado por la sospecha, el rencor y una embriaguez que solo el ron blanco parece calmar. La tensión estalla cuando cree que el chófer, Zeno, ha sido puesto allí para vigilarlo: un negro, piensa, siempre necesita ser controlado por un blanco. La revelación de que Zeno no es un espía sino parte del mismo plan —dejarse golpear y humillar por Embilint ante los caníbales para reforzar su autoridad— desactiva la violencia y abre paso a una conversación inesperada. Zeno resulta ser un válaco, superviviente de la guerra y del cautiverio en Siberia, hombre sin patria reconocida ni prestigio propio, contratado por dinero para encajar una paliza pública. Entre el negro condenado a ejecutar un crimen que no comprende del todo y el blanco dispuesto a ser humillado por una paga, se dibuja un paralelismo entre dos formas distintas de servidumbre y desarraigo. El relato, construido con frases cortas y una mirada distanciada casi documental, va tejiendo una reflexión sobre la raza, el poder colonial, la manipulación ideológica y la dignidad humana, anticipando un desenlace en el que la fatalidad impuesta por otros choca con la posibilidad, todavía incierta, de que el hombre —negro o blanco— decida por sí mismo su destino.
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