Luisa Casati, una marquesa milanesa de extraordinaria riqueza y excentricidad, llegó a Venecia en 1905 en busca de escapar del tedio de la aristocracia convencional.
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Luisa Casati, una marquesa milanesa de extraordinaria riqueza y excentricidad, llegó a Venecia en 1905 en busca de escapar del tedio de la aristocracia convencional. En 1910 alquiló el Palazzo Venier dei Leoni, un edificio en ruinas abandonado un siglo antes. Durante catorce años transformó aquella estructura decadente en el escenario de sus legendarias fiestas orientales, donde se representaban fantasías teatrales de una elaboración sin precedentes. Su historia es la de una mujer que vio en las ruinas venecianas un lienzo para su propia reinvención artística, creando una vida que era ella misma una obra de arte en movimiento.
Luisa Casati fue más que una anfitriona o una coleccionista: fue una artista que eligió la vida misma como su medio de expresión. Esta es la historia de cómo una mujer de extraordinaria imaginación y recursos económicos ilimitados llegó a Venecia en busca de transfiguración personal y encontró en la ciudad una llave hacia su propio misterio. A principios del siglo XX, Venecia ya no era la república mercante gloriosa que antaño gobernara el Mediterráneo. La ciudad había caído bajo el dominio austriaco, su economía estaba en declive, y la nobleza veneciana que antaño prosperara ahora se desmoronaba lentamente. Fue en este contexto de decadencia romántica donde Luisa vislumbró una oportunidad única. El Palazzo Venier dei Leoni, donde Luisa fijaría su residencia, era en sí mismo un símbolo de esa decadencia. Encargado por la familia Venier en el siglo XVIII como monumento a su gloria dinástica, su construcción fue repentinamente interrumpida, dejándolo incompleto y condenado al olvido durante más de cien años. Para el momento en que Luisa lo visitó en 1910, era poco más que ruinas: techos agujereados, muros cubiertos de hiedra, jardines salvajes y una atmósfera de abandono absoluto. Pero donde otros veían solo ruinas, Luisa Casati vio posibilidades infinitas. Con catorce años de permanencia en el palazzo, transformó aquella estructura decadente en el escenario de sus legendarias fiestas, que se convirtieron en parte del mito veneciano. No eran celebraciones ordinarias, sino teatro total: cada invitado era actor en un drama que la marquesa orquestaba hasta el más mínimo detalle. Las fiestas orientales de 1913 son apenas un ejemplo de su genio coreográfico: monos y cotorras en los salones, pavos reales blancos en los jardines, camareros en brocados de colores deslumbrantes, y ella misma, inmóvil y silenciosa, distribuyendo flores blancas a sus invitados disfrazados. Luisa no fue la única que reconoció la magia del palazzo. Después de ella llegarían Doris Castlerosse, quien lo convertiría en un salón elegante de sociedad, y finalmente Peggy Guggenheim, cuya visión lo transformaría en museo y templo del arte moderno. Pero fue Luisa quien primero comprendió que las ruinas no eran obstáculos, sino promesas. Esta es una obra sobre la intersección entre belleza y excentricidad, sobre cómo una mujer decidió vivir como si ella misma fuera una obra de arte. Es la historia de Venecia vista a través de los ojos de alguien que no solo visitó la ciudad, sino que se sumergió completamente en su atmósfera mágica, transformándola a su paso.
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