En un pantano de los Adirondacks, un jefe de policía de vacaciones y un viejo guardián de caza encuentran a un hombre desnudo atado a un pino muerto, asesinado por las picaduras de los mosquitos.
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En un pantano de los Adirondacks, un jefe de policía de vacaciones y un viejo guardián de caza encuentran a un hombre desnudo atado a un pino muerto, asesinado por las picaduras de los mosquitos. En el barro solo hay huellas de ida, y una pista tan cómoda que nadie parece querer mirarla dos veces.
El arroyo Deer atraviesa el Pantano Sangriento, un laberinto de aguas enrojecidas, cieno descompuesto y nubes de insectos donde es fácil extraviarse y difícil sobrevivir a una noche. Alan Miller, jefe de policía de un pueblo de Connecticut, ha llegado hasta allí empujado por unas vacaciones que no eligió: su esposa insiste en que necesita descanso, un amigo le prestó una cabaña, y él rema entre mosquitos preguntándose qué hace pescando en unas montañas ajenas a su vida. La respuesta se dibuja en el cielo, donde varios buitres describen círculos sobre un pino seco.
Lem Foulgate, guardián de caza curtido por décadas de trabajo en la región, sube al bote buscando un salegar y despojos de caza furtiva. Lo que encuentran en la isla Bullfrog es un hombre desnudo, atado de manos y pies al tronco, sin una sola herida: los insectos lo mataron durante la noche, mientras gritaba sin que nadie lo oyera. A sus pies, un montón de ropa registrada con prisa por otras manos.
Mientras espera solo en la oscuridad a que llegue la policía, Miller lee el escenario con el oficio que traía puesto sin querer. El barro cuenta una historia imposible: los pasos de la víctima llegan hasta el árbol y ninguna huella regresa a la orilla. Solo unas marcas anchas y deformes, como de elefante, sugieren que algo salió del agua para atarlo. Cuando aparecen el sargento Saben, el guardián y el empresario de pompas fúnebres —un contrabandista amable al que el propio sargento persigue como si fuera un juego—, el caso empieza a resolverse con demasiada facilidad: una canoa verde con las iniciales de un cuidador, unas huellas que se pierden en terreno duro, un marido celoso con una coartada frágil.
El rastro conduce a Balmoral Camp, una propiedad de lujo afectado a orillas del lago, donde reina Lydia Whyte-Burrell: viuda inmensamente rica, antigua ama de llaves, rodeada de una actriz retirada, herederos irregulares, un séquito de sirvientes y un sobrino que preside bancos. Allí, la desaparición de un chofer que salió a un baile se cruza con una noche de caza de un gato montés, coartadas recitadas con demasiada calma y silencios de servidumbre.
Saben da el caso por cerrado. Miller, que ha medido con la boquilla de su pipa unas huellas que no encajan, guarda para sí una incomodidad precisa: el asesino fue extraordinariamente cuidadoso y, de pronto, extraordinariamente descuidado. Esa contradicción —y no la evidencia disponible— es el verdadero punto de partida de una investigación que un hombre de vacaciones no debería estar haciendo.