Reid Bennington es un joven artista inglés que firma sus cuadros y novelas con el seudónimo Mhor, protegido por su mentor John Von Dhler y su mayordomo Riss.
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Reid Bennington es un joven artista inglés que firma sus cuadros y novelas con el seudónimo Mhor, protegido por su mentor John Von Dhler y su mayordomo Riss. Un encuentro fugaz con una mujer de belleza inquietante en la catedral de Londres coincide con una serie de asesinatos y con la búsqueda secreta que una orden eclesiástica lleva siglos sosteniendo. Cuando un visitante extravagante llama a su puerta, la vida ordenada de Reid empieza a resquebrajarse.
Todo comienza con una imagen incómoda: un hombre mutilado, condenado por crímenes contra la humanidad, aguarda su ejecución en una prisión clausurada mientras rumia el nombre de la mujer que lo llevó hasta allí. Esa escena, situada en algún punto futuro del relato, proyecta su sombra sobre cuanto viene después.
De ahí la narración retrocede a un jardín inglés donde Reid Bennington toma el té con John Von Dhler. Reid es huérfano desde niño, heredero de una mansión decimonónica y de una fortuna que administra con más generosidad que apetito, y también uno de los pintores y escritores más celebrados del Reino Unido, aunque nadie lo sepa: firma como Mhor y jamás muestra su rostro. Sus obras predilectas son ángeles de semblante desencantado, divinidades a las que ha retirado el estereotipo de la belleza.
Una visita a la catedral londinense, hecha por costumbre filial más que por fe, altera ese equilibrio. Allí Reid enciende una vela por sus padres, discute con el padre Brandon sobre el libre albedrío y la crueldad de un dios que permite la tragedia, y se cruza con Teniel, una desconocida de ojos de zafiro cuya oración lo deja hechizado y que desaparece entre la multitud antes de que pueda retenerla.
En los sótanos de esa misma iglesia sesiona una hermandad antigua. Sus cardenales rastrean por el mundo a un sujeto que no logran identificar, custodian un pergamino en tránsito hacia Roma y cuentan sus bajas: un sacerdote y un alto cargo de inteligencia asesinados con saña en Nueva York. Sobre la mesa preside una divisa inquietante —el final justifica el inicio de un mundo nuevo— y en los pasillos circula una frase que suena a presagio: los días negros nos danzan.
Esa misma noche, un duque de modales exquisitos y humor cruel se presenta en la mansión. Conoce el seudónimo de Reid, conoce las heridas privadas de quienes lo rodean, y anuncia con una sonrisa que volverán a verse. Primer libro de una saga que enlaza arte, teología y conspiración, la novela avanza hacia el punto en que el joven pintor descubrirá qué papel le reservaron sin consultarlo.
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