Una adolescente de quince años cuyos pensamientos estallan en frases fosforescentes se debate entre la obsesión de un amor imposible y la herencia de su tatarabuela: el don poético.
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Una adolescente de quince años cuyos pensamientos estallan en frases fosforescentes se debate entre la obsesión de un amor imposible y la herencia de su tatarabuela: el don poético. A través de los diarios de nácar de Elisa del Castillo, descubre que ha heredado más que genes; ha heredado lo que un sacerdote denominó «el veneno de la lírica», esa capacidad de sentir el mundo como metáfora pura. La novela entrelaza magistralmente dos épocas, dos vidas de mujeres marcadas por palabras que transforman la realidad misma.
En el espacio luminoso de esta novela respira una adolescente consumida por palabras fosforescentes que estallan en su cerebro sin explicación visible. Tiene quince años, cabello rubio, y sueña con ser Greta Garbo, aunque por ahora solo logra la agonía de amar a Alberto Mendoza, quien pasa indiferente en su motocicleta acompañado de la radiante Rebeca Salinas. Pero detrás de esta obsesión adolescente late una historia más profunda: la de su tatarabuela Elisa del Castillo, una niña prodigio cuyas palabras brotaban en verso desde los tres años, quien pronunciaba rimadamente cuanto veía y presagiaba sucesos futuros con sus rimas casualmente acertadas. Elisa creció en una casa donde su padre, Teodoro, ingeniero y hombre moderno, desconfiaba de la literatura como cosa de débiles mentales. Su madre guardaba explicaciones absurdas para palabras prohibidas, temerosa de un significado que podría desencadenar calamidades. Su tía Úrsula, melancólica y congelada en la espera de un explorador perdido en los hielos perpetuos, fue su verdadera madre. A los tres años Elisa exclamaba: la luz es azul, y así era, contemplando las velas. El sacerdote la examinó, sus padres se angustiaban, sus hermanos la escuchaban asombrados mientras devoraba palabras del aire mismo. Internada en Lausana, leyó a Virgilio, Byron, Musset, Goethe. Sus manos temblaban ante una metáfora rara. Escribía en prosa lírica, armando rompecabezas con las frases, quebrando prismas de cristal. La novela es un espejo de dos épocas, dos mujeres marcadas por la capacidad de sentir y expresar la realidad a través de la poesía. La adolescente, heredera de los diarios de nácar de su tatarabuela, descubre cómo ciertos dones se transmiten de generación en generación, especialmente en familias donde las mujeres intelectuales y apasionadas han sido vistas con sospecha.
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