El «Prado Disperso» es la denominación que reciben todas las obras que, perteneciendo al acervo del Museo del Prado, se encuentran en depósito en diferentes instituciones españolas y extranjeras.
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El «Prado Disperso» es la denominación que reciben todas las obras que, perteneciendo al acervo del Museo del Prado, se encuentran en depósito en diferentes instituciones españolas y extranjeras. Desde la fusión del Museo Nacional de Pintura y Escultura con la colección de la Trinidad en 1868, el museo ha distribuido miles de piezas en ministerios, embajadas, museos provinciales y otras instituciones públicas, manteniendo siempre su titularidad. Esta práctica administrativa, documentada mediante órdenes reales y ministeriales, ha permitido enriquecer las colecciones españolas mientras se optimizaba el espacio disponible. La revisión sistemática de estos depósitos comenzó en los años sesenta del siglo XX y se extendió hasta 2018.
Una historia del Museo del Prado no puede entenderse sin hablar del «Prado Disperso»: el conjunto de obras que, siendo propiedad del museo, se encuentran distribuidas en instituciones españolas y extranjeras mediante depósitos temporales. Este fenómeno comienza con la propia formación del museo, inaugurado en 1819 como Museo Real en el edificio diseñado por Juan de Villanueva, que albergaba las colecciones de la Corona española adquiridas desde los Austrias hasta los Borbones.
La verdadera transformación ocurre en 1868, cuando la Revolución de Septiembre nacionaliza el Museo Real y lo fusiona con el Museo Nacional de Pintura y Escultura, instalado en el convento de la Trinidad. Esta fusión duplica las colecciones, incorporando obras de gran formato que saturan rápidamente los espacios disponibles. Para aliviar esta presión, el museo comienza a enviar obras en depósito: primero a conventos desamortizados como compensación por las piezas estatalizadas; después a ministerios, capitanías generales y embajadas españolas; posteriormente a museos provinciales y municipales.
Durante el siglo XX, estos depósitos se convierten en herramienta de política cultural del Estado. Tras la Guerra Civil, las obras se distribuyen entre instituciones del nuevo régimen. A partir de los años sesenta y setenta, se enviaban cuadros de diferentes épocas, creando «resúmenes» portátiles de la historia de la pintura para públicos que viajaban poco a Madrid.
Sin embargo, esta dispersión careció de control sistemático durante casi un siglo. No fue hasta 1981 cuando se establecieron normas específicas. Una investigación de la Fiscalía iniciada en 1978, tras denuncias de obras desaparecidas, marcó un punto de inflexión. Tras ella, el Prado inició revisiones sistemáticas documentadas en «El Prado disperso», sección del Boletín del Museo (1980-2018), que permitieron localizar obras consideradas perdidas. Al momento de jubilarse quien supervisó los depósitos durante treinta y ocho años, había 3472 piezas en 277 instituciones: principalmente pinturas de los siglos XV al XIX, artes decorativas, esculturas y dibujos. Este «Prado Disperso» representa una estrategia de conservación donde el museo nunca perdió su titularidad pese a la distancia geográfica.
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