Crónica en primera persona sobre el Rellotger de Creixells, bandido empordanés del siglo XIX que, bajo la apariencia de un relojero conservador y buen jugador de tresillo, acumuló robos y dieciocho asesinatos hasta morir agarrotado en el…
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Crónica en primera persona sobre el Rellotger de Creixells, bandido empordanés del siglo XIX que, bajo la apariencia de un relojero conservador y buen jugador de tresillo, acumuló robos y dieciocho asesinatos hasta morir agarrotado en el areny de Girona. El narrador reconstruye durante décadas una figura sin papeles ni retratos, a partir de conversaciones sueltas, y choca siempre con lo mismo: el silencio de unos pueblos que todavía prefieren no recordarlo.
Todo empieza con una conversación olvidada en un café de Palafrugell: un amigo cuenta que su padre se topó por azar con el Menut de Pins, hombre de confianza de una partida temida, y que la denuncia le valió una medalla. El nombre del Rellotger de Creixells reaparece años más tarde, después de la guerra civil, en boca de un profesor de instituto y propietario de Figueres, en una librería de la Rambla: un bandido ochocentista, autor de numerosos robos y dieciocho asesinatos, ejecutado a garrote ante una muchedumbre llegada de todas las tierras gerundenses.
A partir de ahí, el narrador —periodista y lector antes que historiador— convierte una curiosidad intermitente en una indagación de más de cuarenta años sin archivo posible. Un hotelero de Figueres lo lleva por fin a Borrassà y a Creixells; el alcalde solo sabe del trovador Guerau de Creixells; un viejo propietario, frente a la casa de tejado hundido donde vivió el bandido, va soltando los pocos datos firmes: no era de allí, sino de Ordis; se llamaba Serra de nombre de casa; fue un relojero apreciado en una época de pocos relojes, y por eso entraba en todas las masías y casas buenas de la comarca, donde además se le reclamaba como jugador de tresillo. Nadie recuerda su cara. Nadie conserva un retrato.
Alrededor de ese vacío se despliegan dos líneas. Una es el método del criminal: una red de lloques —informadores y encubridores— que le señalaban qué payés acababa de vender una bestia y dónde escondía el dinero en casa, en un país casi sin bancos rurales; de ahí la fama de hombre cauteloso y discreto, que entraba en su propio pueblo por la puerta trasera y resumía su oficio en una frase: los muertos no hablan. La otra es una lectura del siglo XIX peninsular —de las Cortes de Cádiz a la Restauración de Cánovas, con la Revolución de Septiembre, Amadeo, la Primera República y la última guerra carlista de por medio— como desorden prolongado y estéril que crea las condiciones ideales para un bandido de temperamento; su captura, sostiene el autor, llegó menos por delación que por el simple regreso de un mínimo de orden público.
Escrito en catalán, entre la memoria personal, el reportaje conversado y el ensayo político, el texto se detiene una y otra vez ante lo que no puede saberse: la falta de una historia moderna del país y el mutismo interesado de unos pueblos donde el bandido y sus cómplices dejaron descendencia. La conclusión provisional que le ofrece un acompañante en el viaje de vuelta, ya de noche, es que quizá todavía sea demasiado pronto para hablar de todo esto.
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