Una carta escrita con pulso tembloroso pone en marcha esta novela de misterio clásico: una heredera está convencida de que su marido planea matarla.
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Una carta escrita con pulso tembloroso pone en marcha esta novela de misterio clásico: una heredera está convencida de que su marido planea matarla. El azar cruza en el camino a Lex Reeves, agente de bolsa de vacaciones, jugador aficionado a los enigmas, que se ofrece como guardaespaldas improvisado. Lo que empieza como una fiesta de aniversario en la terraza de un rascacielos termina en una casa aislada, sin puertas ni ventanas, donde alguien ya ha empezado a matar.
Lex Reeves tiene veintisiete años, un descapotable, unas vacaciones por delante y una debilidad confesa por las mujeres bonitas. En un parador de carretera se cruza con Amanda Welles, que relee una y otra vez una carta que la ha dejado sin color en la cara. La carta es de Susan, su mejor amiga de la universidad, casada hace un año con Steve Arlen y heredera de una fortuna considerable. En ella Susan escribe, con letra casi ilegible, que su marido va a arrojarla al vacío desde la terraza del restaurante donde celebrarán su aniversario, cuarenta pisos sobre el asfalto de Nueva York. No aporta pruebas: sólo un presentimiento del que no consigue desprenderse.
Reeves acepta el encargo con la ligereza de quien no acaba de creerse la amenaza. El plan es sencillo: presentarse en la fiesta como primo lejano de Amanda, no perder de vista a Susan ni un instante y averiguar, de paso, si el marido es un asesino en potencia o si todo se reduce a la imaginación de una mujer angustiada. La velada transcurre entre invitados que no parecen importar —una amiga rubia, dos tíos casi idénticos, un baile impecable— hasta que un corte de corriente deja la terraza a oscuras unos segundos. Cuando vuelve la luz, la escena que aguarda a Reeves invierte por completo la profecía de la carta.
La investigación se traslada entonces a Mall-Hillmelsson, la casa donde Susan nació y creció y a la que insiste en retirarse a convalecer. Es una construcción blanca en medio de un bosque, sin puertas ni ventanas al exterior, organizada en torno a un patio interior al que sólo se accede en helicóptero. No hay teléfono, no hay carretera, no hay forma de salir salvo esperar al piloto. Allí llevan años sirviendo tres empleados fieles, y allí, según le confía Amanda a regañadientes, el excéntrico padre de Susan escondió diez millones de dólares en lingotes de oro cuyo emplazamiento sólo conoce su hija.
El descenso del helicóptero al patio abre la segunda mitad del relato y su registro más oscuro. Nadie sale a recibir a la dueña de la casa. Lo que Reeves encuentra dentro —tres crímenes ejecutados con una crueldad meticulosa, casi ceremonial— convierte la casa cerrada en el escenario perfecto de un enigma de habitación sellada: un asesino que no ha podido entrar, unas víctimas que no tenían enemigos y un móvil dormido bajo el suelo. Con los invitados en camino y el aislamiento como única certeza, el falso primo tendrá que decidir en quién confía antes de que la lista de muertos siga creciendo.
Escrita con el pulso rápido y el diálogo chispeante del género negro de quiosco, la novela alterna el flirteo desenfadado entre Reeves y Amanda con secuencias de un horror seco y sorprendentemente físico. El resultado es un whodunit de reparto cerrado —herederos, parientes y amigos con motivos y coartadas por repartir— sostenido por una idea espacial memorable: la casa que no deja entrar a nadie es también la que no deja salir.
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