Un libro de relatos que hace de la pérdida un oficio silencioso. Se abre con una lectura de «One art», de Elizabeth Bishop, y desde ahí despliega historias donde padres que se separan vuelven a encontrarse, un domingo doméstico se deshace…
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Un libro de relatos que hace de la pérdida un oficio silencioso. Se abre con una lectura de «One art», de Elizabeth Bishop, y desde ahí despliega historias donde padres que se separan vuelven a encontrarse, un domingo doméstico se deshace en el viento, un hombre descubre su vida al caminar la avenida en sentido contrario y un pueblo entero acompaña la agonía de doce rosas. Alejandra Kamiya escribe con frases breves y objetos exactos: lo enorme ocurre sin levantar la voz.
El volumen empieza por una puerta angosta: una lectura de «One art», el poema de Elizabeth Bishop que enseña a perder como quien aprende un oficio. Esa página funciona como llave de todo lo que sigue. Perder los dientes, las llaves, el reloj, el contrato, la ciudad, el nombre que a uno lo funda; perder a tiempo, con gracia, arrojando cosas por la borda como quien siembra. Los relatos que vienen después no ilustran esa idea: la habitan.
En el primero, una hija cuenta la vida entre dos casas separadas por ocho cuadras. Sus padres —él ebanista, peronista, de manos enormes; ella católica, cocinera, de modales y frascos de conserva— se separaron cuando ella era muy chica y nunca volvieron a hablarse, aunque coincidieran en todo. Durante décadas la narradora recorre esas ocho cuadras cargando sobres con dinero, ollas, ropa para coser, un cachorro, un televisor. El Parkinson desobedece las manos del padre; el olvido desdibuja los ravioles de la madre. Cuando la enfermedad los junta bajo un mismo techo, ocurre lo que nadie previó, y el desenlace reordena con humor y desamparo quién queda finalmente afuera.
Otro relato transcurre en una tarde de otoño, en el jardín mínimo de una familia que todavía paga la hipoteca. El señor Nishida lava los platos, calcula el futuro como quien espanta una mosca dentro de un frasco y mira a sus dos hijas: una que rebalsa de voz y de energía, otra que duerme siestas largas con hojas de ginko en el pelo. Entonces sopla el viento. Lo que sucede después no se explica ni se consuela: se escribe. El cuaderno abierto es la única respuesta posible a un enigma sin solución.
Hay también un hombre que, al salir del trabajo, decide caminar la avenida en sentido contrario al de los últimos catorce años. Basta ese giro para que su matrimonio, su gerencia de área, las cortinas verdes y el perro que ni siquiera eligió el nombre que lleva se vuelvan preguntas. Vuelve a fumar después de diez años, entiende que dejarlo había sido una amputación y no una victoria, y regresa a casa a hacer, por primera vez, algo que siempre le tocó a otra persona.
En una salina barrida por el viento, donde cuarenta y siete casas de barro comparten el color del polvo, un trabajador de la sal decide hacerle a la mujer que ama el regalo más hermoso de la tierra. Nunca vio una flor, pero sabe cómo son. Encarga doce rosas a la ciudad, y el pueblo entero asiste al milagro y luego a su lento morir, pétalo por pétalo, como a un duelo comunitario.
Lo que une estas historias no es un tema sino una temperatura. Kamiya trabaja con lo cotidiano —una cocina, un balde con agua, un peine azul, un ramo en las manos— y deja que la revelación llegue sin subrayado, en el gesto mínimo que cambia todo. Sus personajes rara vez explican lo que sienten; el lector lo entiende igual, por el modo en que sostienen un plato o miran a un perro. Es una prosa de silencios habitados, atenta al ritmo, donde el amor y la pérdida no se oponen: se sostienen mutuamente, como dos barcos que tiran juntos de una misma red.
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