Río de Janeiro, 1886: mientras el Brasil imperial finge ser una sucursal tropical de París, un asesino degüella a una prostituta, se lleva sus orejas y deja una cuerda de violín sobre el cadáver.
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Río de Janeiro, 1886: mientras el Brasil imperial finge ser una sucursal tropical de París, un asesino degüella a una prostituta, se lleva sus orejas y deja una cuerda de violín sobre el cadáver. En la misma semana, una gira de Sarah Bernhardt y el robo de un Stradivarius llevan al emperador a telegrafiar a Baker Street. Novela de misterio y sátira histórica, donde la investigación avanza entre camerinos, redacciones, burdeles y salones de la corte.
La acción arranca en el Río de Janeiro de mayo de 1886, una capital de vertederos y aguas negras que se perfuma con pañuelos para creerse europea. Faltan dos años para la abolición de la esclavitud, los estudiantes lanzan camelias desde los palcos y la corte de Pedro II discute en francés mientras los anuncios por palabras siguen ofreciendo esclavos con buena dentadura. Sobre ese decorado de contradicciones se abre la novela: a las tres de la madrugada, en una callejuela de la calle del Regente, un hombre vestido de negro degüella a una muchacha casi niña, le corta las orejas con precisión de cirujano y abandona junto al cuerpo una cuerda arrancada de su violín. Después se aleja tocando Paganini con las tres cuerdas que le quedan.
El caso recae en el comisario Mello Pimenta, un policía bajo, gordo y sudoroso solo en apariencia, que corre como un galgo y encaja con paciencia los sarcasmos del forense Saraiva. Lo que tienen es poco: un tajo horizontal, un hígado arruinado por el alcohol y esa cuerda que nadie sabe identificar. Lo que llegará después es más: el asesino estudia manuales franceses de disección en su cuarto-celda, se ha propuesto no repetirse nunca y firma cada crimen con un nuevo hilo de su instrumento.
En paralelo, la ciudad entera se ha volcado en la llegada de Sarah Bernhardt. Entre bastidores, la actriz escucha del propio emperador que a una amiga suya, la baronesa de Avaré, le han robado un violín Stradivarius que él mismo le regaló, y que el asunto no puede llegar a los periódicos. Sarah propone la solución: conoce al mejor detective del mundo. Un telegrama cruza el Atlántico hasta el 221 B de Baker Street y, poco después, Sherlock Holmes y el doctor Watson embarcan rumbo a un imperio del que apenas saben ubicar la capital. Traen consigo el método, la pipa y una vanidad que les impide aceptar que el detective necesita gafas: sus deducciones deslumbran, pero también fallan, y el trópico no se deja leer como Spitalfields.
Lo que empieza como el encargo discreto de un instrumento robado se enreda con una serie de asesinatos que la prensa y la policía todavía no saben unir. Alrededor de la investigación se despliega una galería de figuras reales y ficticias —periodistas de la bohemia carioca, un poeta republicano escondido de la policía, dandis, un sastre célebre, un librero, un marqués lector de Sade— que convierte cada interrogatorio en una escena de comedia de costumbres.
El relato alterna la intriga criminal con capítulos breves en presente desde la mente del asesino y con páginas facsimilares de periódicos de la época: editoriales positivistas, notas de sociedad, avisos policiales y clasificados de venta de personas. Ese montaje sostiene el doble filo del libro: el humor constante, el pastiche afectuoso del canon holmesiano y el retrato crudo de una sociedad que confunde el barniz con la civilización. Una novela negra de época que se ríe de sus héroes sin dejar de tomarse en serio a sus víctimas.
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