A sus cuarenta y cuatro años, Rosie ha aprendido a no mirarse demasiado en el espejo. Trabaja en la recepción de consultas externas de un hospital, comparte casa con un marido instalado en la comodidad y con hijos que entran y salen sin…
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A sus cuarenta y cuatro años, Rosie ha aprendido a no mirarse demasiado en el espejo. Trabaja en la recepción de consultas externas de un hospital, comparte casa con un marido instalado en la comodidad y con hijos que entran y salen sin mirarla. Basta un comentario torpe de un joven cirujano —le dice que es cómoda, como un viejo sillón— para que decida reinventarse: dinámica, creativa, carismática. La sorpresa es que, contra todo pronóstico, empieza a funcionar.
Narrada en primera persona con un humor seco que no se ahorra la autocrítica, la novela arranca el día en que coinciden dos cosas: una charla de salud laboral titulada «Cuerpo y alma» y un cumplido mal calculado. PJ, cirujano joven y sin filtro, le dice a Rosie que lo que más le gusta de ella es que le hace sentir cómodo, «como un viejo sillón donde dejarse caer después de un día duro». La frase, dicha entre risas, se le queda dentro.
En la charla, una enfermera atlética divide una pizarra en dos columnas: cuerpo y alma. En la primera, Rosie sólo acierta a decir «sillón». En la segunda, sin saber de dónde le sale, se oye gritar tres palabras que no reconoce como suyas: dinámica, creativa, carismática. El consejo que recibe es tan simple como incómodo: salir del sillón.
A partir de ahí, el libro sigue el intento —terco, ridículo a ratos, conmovedor— de una mujer por volver a habitarse. Rosie hace inventario de su vida igual que hace inventario de los cajones del tocador: frascos de laca a medio usar, llaves que no abren nada, una tarjeta regalo del día de la madre que sus hijos le dieron para que se comprara «algo útil». Alrededor, todo es joven menos ella: Becky y Sara en el mostrador, un pasillo lleno de batas blancas, una hija ya emancipada en Londres, otra en la universidad, un adolescente que contesta por monosílabos y un perro que cambia de dueño según quién lo saque. Y Barry, maestro, marido, entregado al periódico y al deporte televisado, capaz de llamarla «madurita» y volver a la lectura sin advertir el daño.
El giro llega con Ashley Connor, el nuevo cirujano ortopédico, que empieza a fijarse en ella de un modo halagador y peligroso. La pregunta que sostiene la historia no es si Rosie puede volver a gustar, sino qué está dispuesta a arriesgar para dejar de sentirse un mueble viejo en una casa de muebles nuevos.
Comedia doméstica de tono confidencial —le habla al lector como a una amiga—, mira de frente el miedo a la mediana edad, la erosión silenciosa de un matrimonio largo y esa forma de invisibilidad que llega sin avisar, y responde con humor, rabia y una obstinada esperanza.
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