Un capitán de la Policía Judicial de París, de vacaciones en la costa normanda con su hija adolescente y todavía roto por el suicidio de su mujer, oye dos disparos en la noche y encuentra un cadáver a pocos metros de casa.
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Un capitán de la Policía Judicial de París, de vacaciones en la costa normanda con su hija adolescente y todavía roto por el suicidio de su mujer, oye dos disparos en la noche y encuentra un cadáver a pocos metros de casa. En el bolsillo del muerto aparece un papel con su propia dirección: en cuestión de minutos, el testigo se convierte en sospechoso.
Cabourg duerme después de un día de calor impropio de abril cuando Vincent Brémont, capitán de la Policía Judicial parisina, sale a fumar frente a la casa de vacaciones que compró años atrás con Alexandra. La compró en otra vida: hace un año, su mujer se quitó la vida con el arma reglamentaria de él, sin dejar una nota, sin una explicación, sin un solo indicio previo. Desde entonces, Vincent bebe para tapar el hueco y Julia, su hija de doce años, busca a su madre en cada rincón de una casa que todavía huele a ella. Padre e hija comparten la misma ausencia y ninguno de los dos sabe cómo sostener al otro.
Esa noche, dos disparos rompen el silencio a menos de cien metros. Vincent corre por reflejo profesional, lleva la mano a una cadera donde no hay pistola —su Glock se quedó en París— y encuentra a un hombre de unos cincuenta años tendido en la acera, con la cabeza destrozada. Persigue a una sombra por callejuelas que apenas conoce, con el alcohol haciéndole dar vueltas la ciudad, y vuelve derrotado junto al cuerpo. Cuando llega la policía local, lo sorprenden inclinado sobre el muerto. En el bolsillo de la víctima solo hay una hoja arrancada de una libreta con una dirección escrita: la suya.
El comandante Monnier, responsable de la comisaría de Dives-sur-Mer, asume el caso personalmente y desmonta la versión de Vincent con la cortesía afilada de quien ya ha decidido algo. El interrogatorio deja al capitán en libertad —su hija espera sola en casa—, pero con la orden de no salir de la ciudad. Poco después, la ficha del muerto aporta lo que faltaba: Yvon Kervalec, mecánico carrocero y perista ocasional, recién salido de la cárcel tras cumplir un año por receptación. Y algo más incómodo: vivía en Nanterre, la misma ciudad que Brémont. Un hombre que acababa de salir de prisión recorre doscientos kilómetros hasta la puerta de un policía al que dice no conocer, y muere en esa puerta.
La investigación desentierra entonces el otro cadáver. En París, el comandante Planchet nunca creyó en el suicidio de Alexandra; aceptó el archivo del caso a regañadientes y ahora colabora con entusiasmo en el registro del garaje de Kervalec, un edificio gris y pintarrajeado en un barrio pobre de Nanterre, donde una viuda hostil, un niño con la mirada vacía y una vieja pistola escondida en una caja de zapatos empiezan a dibujar algo que nadie había querido mirar. Dos muertos en el entorno del mismo hombre, con un año exacto de intervalo.
Con Michel —su mentor, su vecino, el padrino de Julia, un expolicía apartado del cuerpo por un caso de corrupción que él siempre negó— como única voz aliada al otro lado del teléfono, Vincent debe hacer lo que peor se le da: quedarse quieto, dejar de beber y jugar una partida en la que, por primera vez, es la pieza y no la mano que mueve. Porque la respuesta a por qué un desconocido llevaba su dirección encima quizá sea también la respuesta a la pregunta que lleva un año sin dormir: por qué Alexandra decidió morir.
Una novela negra de ritmo seco y atmósfera costera, construida sobre un dolor íntimo más que sobre el ruido del crimen: la de un investigador competente que descubre lo poco que sirve su oficio cuando el caso lo señala a él, y lo mucho que ignora sobre la mujer con la que compartió su vida.
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