Las memorias de una mujer que nació en Hove en 1907, segunda de siete hermanos en una familia de la clase trabajadora. A través de escenas cotidianas de subsistencia y juegos infantiles, revive la pobreza, el ingenio y la calidez de las…
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Las memorias de una mujer que nació en Hove en 1907, segunda de siete hermanos en una familia de la clase trabajadora. A través de escenas cotidianas de subsistencia y juegos infantiles, revive la pobreza, el ingenio y la calidez de las relaciones familiares en la Inglaterra de principios del siglo XX. Su padre era pintor, su madre limpiadora; juntos se ingeniaban para traer pequeñas alegrías los domingos. Un retrato íntimo de cómo se criaba a los hijos sin dinero, con responsabilidades tempranas y momentos de libertad en una ciudad que ofrecía belleza gratuita a quien la buscaba.
Nací en Hove en 1907, como segundo vástago de una familia numerosa. Así comienza esta crónica de la infancia de una mujer en la Inglaterra de principios del siglo XX, donde la pobreza no era sinónimo de infelicidad, sino de ingeniería cotidiana para sobrevivir. Su padre pintaba casas y decoraba interiores, oficio que resultaba precario en los meses invernales cuando los clientes rehusaban arreglos en sus hogares. Su madre limpiaba casas desde el alba hasta el atardecer por míseras monedas, y a veces regresaba con pequeños tesoros: restos de comida que sus empleadores desechaban.
La narradora, siendo la hija mayor, asumió desde temprana edad las tareas del hogar: preparar desayunos con pan y margarina, cocinar los almuerzos mientras su madre apenas gozaba de media hora de pausa, cuidar a los hermanos menores. Sus días se dividían entre la escuela, el trabajo doméstico y la responsabilidad de que la casa funcionara. No sentía que sufría; era simplemente el destino de toda hija mayor en una familia trabajadora.
La ciudad de Hove ofrecía compensaciones que ningún dinero podía comprar. Junto al mar se extendían campos donde niños podían jugar libremente sin guardias que los molestaran. Las granjas cercanas abrían sus puertas a los curiosos: podían ver ordeñar vacas, rasguñar cerdos, imitar gallinas. En la playa, espectáculos de Pierrot narraban historias de amores perdidos que conmovían a los niños pobres que los observaban desde la distancia.
En la arena caminaban burros cuidados por un anciano que se parecía más a sus propias bestias que a un ser humano. Los niños afortunados viajaban en cochecitos tirados por perros y custodiados por niñeras que impedían cualquier contacto con la plebe. La diferencia de clase era palpable incluso en la playa, pero no impidió que los niños pobres inventasen sus propios juegos.
El circo de Lord George Sanger llegaba algunos años, y la entrada costaba monedas que los niños recaudaban buscando tarros de mermelada de casa en casa o recolectando estiércol de caballos mientras las palomas revoleaban asustadas. Esta es la memoria de cómo se vivía sin dinero: con padres que cada domingo traían una revista de historietas a pesar del desempleo; con una ciudad que no cerraba sus espacios a quienes no podían pagar entrada.
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