En un instituto de Valencia, dos adolescentes descubren que querer escribir no basta. Teo Barbosa, el alumno que lo tiene todo, sale trastornado de la lectura de El jugador y pide a su profesor de literatura que lo convierta en un genio;…
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En un instituto de Valencia, dos adolescentes descubren que querer escribir no basta. Teo Barbosa, el alumno que lo tiene todo, sale trastornado de la lectura de El jugador y pide a su profesor de literatura que lo convierta en un genio; la respuesta —que sin pérdida ni dolor no hay obra— lo empuja a buscar una desgracia que nunca llega. Su compañero Ramón, lector solitario y convencido de su mala estrella, narra esa amistad desigual con humor y desencanto.
La obra arranca con una escena de despacho: dos estudiantes de bachillerato sentados frente a don Armando Copero, profesor de literatura tan corpulento que sus alumnos lo apodan Armario Ropero. En el margen de una redacción titulada «Día de playa viendo surfistas» ha escrito dos sentencias que a Teo Barbosa le duelen más que un suspenso: «Agradable bagatela» y «Las letras no son su camino». Teo no acude a protestar, sino a preguntar qué le falta.
La respuesta del profesor organiza el libro entero. Para escribir hay que haber vivido; para haber vivido, hay que haber perdido algo. Copero desgrana un catálogo de desdichas fundacionales —la ruleta que arruina a Dostoyevski, el simulacro de fusilamiento, los años de presidio siberiano, el cautiverio argelino de Cervantes— hasta dejar sentado que la obra nace del daño y que el conflicto es el alma del drama. Frente a esa genealogía del sufrimiento, Teo solo puede exhibir un expediente impecable, unos padres que lo quieren, salud intacta y una cara «todavía por hacer».
El narrador es Ramón Borrego, compañero de clase refugiado en los libros para huir de una familia áspera, un barrio feo y un espejo poco amable. Convencido de que a Teo lo ampara una suerte que a él le fue negada, ve en la vocación repentina del chico perfecto la grieta que le permitirá acercarse: se ofrece como lector, crítico y guía de lecturas, y así queda sellada una amistad tan duradera como desigual.
La última sección cambia de voz y entrega el cuaderno de Teo, tumbado en una terraza valenciana a la espera de una desgracia que no comparece. Entre nubes redondas y jarrones dibujados por aburrimiento, compara el noviembre podrido de San Petersburgo con su luz mediterránea de veintidós grados y descubre, leyendo El idiota, que ciertas verdades solo puede escribirlas quien las ha padecido.
Con ironía y una erudición ligera, el relato convierte una pregunta de aula —¿puede un escritor feliz tener algo que contar?— en una comedia melancólica sobre la vocación, el mito del artista maldito y lo que un adolescente llega a desear con tal de merecer una obra.
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