En una isla griega, una mujer de 91 años realiza su kora —la peregrinación sagrada tibetana— llevando dioses en marcos dorados, únicos restos de un mundo perdido. Así comienza el relato de Kunsang, monja budista del Tíbet rural.
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En una isla griega, una mujer de 91 años realiza su kora —la peregrinación sagrada tibetana— llevando dioses en marcos dorados, únicos restos de un mundo perdido. Así comienza el relato de Kunsang, monja budista del Tíbet rural. Un camino que va desde la meditación en montañas solitarias hasta la huida de 1950 cuando China invadió. Entonces debió cruzar el Himalaya en invierno con sus hijos pequeños, cargando apenas fe y cebada molida, enfrentando el frío y la persecución.
Cuando el viento silba en una isla griega, una abuela de 91 años intenta hacer su peregrinación sagrada alrededor de una casa que contiene sus altares de oro. Así comienza la historia de Kunsang Wangmo, monja budista del remoto Tíbet oriental, cuya vida fue transformada por la invasión china de 1950.
Años atrás, en el pueblo de Pang, Kunsang vivía en contemplación. Casada con un monje, madre de dos hijos, dedicaba sus días a la meditación en las altas montañas, tejiendo mantras en las estaciones, viviendo en profunda unidad con la tierra. Pero cuando los soldados chinos llegaron, lo destruyeron todo. Saquearon monasterios, golpearon nobles, quemaron tradiciones centenarias. El monasterio de Kunsang fue asaltado. No había ya espacio para la oración.
En el invierno de 1959, cuando el Dalai Lama mismo huía al exilio, Kunsang tomó la decisión que definiría el resto de su vida: partir. Con su esposo, sus dos hijos y otros refugiados, se lanzó a cruzar a pie el Himalaya hacia India, impulsada únicamente por la fe de que encontraría asilo con el líder espiritual tibetano.
Lo que sigue es un relato de semanas de agonía. Caminaban solo de noche, guiados por estrellas, temiendo patrullas chinas en las sombras. Las montañas se alzaban negras contra el cielo oscuro. Los pies de la pequeña Sonam, de apenas seis años, se congelaban en sus zapatos de cuero casero. Kunsang los metía bajo su propio cuerpo para entrar en calor. Cruzaban ríos parcialmente congelados, atravesaban puentes de cuerda que se balanceaban sobre abismos rocosos, se deslizaban por grietas de hielo. Sin fuego, sin conocimiento del camino, sin apenas comida, solo la convicción de que llegarían los mantenía vivos.
A través de la prosa serena de Yangzom Brauen, nieta de Kunsang, el libro teje tres generaciones de mujeres tibetanas: la abuela que fue monja, la madre que huyó siendo niña, la autora nacida en el exilio. Testimonio de perseverancia frente a la ocupación, de cómo la fe tibetana sobrevive en la dispersión, de cómo se preservan las raíces cuando la tierra misma desaparece.
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