Testimonio en primera persona de la abogada penalista Ana Katiria Suárez sobre la defensa de Yakiri Rubí Rubio Aupart, la joven de veinte años que en diciembre de 2013 fue secuestrada, violada y apuñalada en la Ciudad de México, y que…
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Testimonio en primera persona de la abogada penalista Ana Katiria Suárez sobre la defensa de Yakiri Rubí Rubio Aupart, la joven de veinte años que en diciembre de 2013 fue secuestrada, violada y apuñalada en la Ciudad de México, y que terminó acusada de homicidio calificado por haber sobrevivido. Entre el expediente y la calle, el libro reconstruye un proceso judicial que se ganó a contracorriente y expone, caso a caso, cómo el sistema de justicia mexicano convierte a una víctima en culpable.
El 9 de diciembre de 2013, una mujer de veinte años caminaba por la colonia Doctores, a unas cuadras de la procuraduría capitalina, cuando dos hombres en una motoneta la interceptaron, la amenazaron con un cuchillo y la llevaron a la habitación de un hotel de paso. Salió de ahí desangrándose por una herida en el brazo y buscando a alguien que la ayudara. Horas después, la autoridad a la que acudió a denunciar la había convertido en probable responsable de homicidio calificado y, con inusitada eficiencia, había integrado el expediente que la enviaría al penal de Santa Martha Acatitla.
Este libro es la crónica de la defensa de ese caso, escrita por la abogada que la asumió cuando quedaban menos de veinticuatro horas del plazo constitucional y ninguna posibilidad aparente de revertirlo. La narración arranca en el área de locutorios de la prisión —un encuentro breve, una firma pasada por debajo de una rejilla, una promesa— y desde ahí avanza en dos direcciones simultáneas: hacia atrás, para reconstruir minuto a minuto lo que ocurrió en la calle, en la recepción del hotel y en la habitación 27; y hacia adelante, para seguir el rastro de las omisiones, los objetos sembrados, los testigos convenientes y las declaraciones corregidas con que se armó la acusación.
El relato tiene la textura de un expediente leído en voz alta y la de una bitácora personal. Alterna la prosa narrativa con fragmentos de la declaración original, precisiones sobre plazos y figuras penales —la flagrancia, la averiguación previa, la duplicidad del término, el auto de formal prisión— y escenas de despacho que revelan otra capa del problema: la abogada que debe cubrirse el pecho con las solapas del saco antes de discutir un caso con un juez, y escuchar de ese mismo juez cómo se nombra a su clienta antes de leer una sola foja. La legítima defensa, recuerda el libro, no es ninguna novedad en la ley mexicana; lo excepcional es que llegue a aplicarse cuando quien la invoca es una mujer joven, sin recursos y ya condenada por la conversación pública.
La autora escribe desde una posición incómoda y la declara sin adornos: es litigante y es, al mismo tiempo, una mujer expuesta a lo mismo que denuncia; llevó el caso sin cobrar, investigó por su cuenta lo que las instituciones no investigaron y hoy vive bajo protección por haberlo hecho. De ahí que el texto funcione también como una carta dirigida a quienes ejercen la defensa de derechos humanos y a quienes se plantean exigir que la autoridad simplemente cumpla su trabajo. Un prólogo firmado por Pablo Romo sitúa el episodio en su contexto: no la celebración de la violencia, sino la de una mujer que se negó a la sumisión, y la de un litigio que probó que la impunidad admite grietas.
De fondo, la historia se cruza con el momento en que la violencia machista en México dejó de poder ocultarse: las movilizaciones masivas, las alertas de género, los casos que se acumulan sin respuesta. Frente a ese paisaje, esta reconstrucción documental sostiene una tesis concreta y verificable en sus propias páginas: una defensa hecha con rigor, tenacidad y perspectiva de género puede ganar, y por eso conviene dejar constancia de cómo se hizo.