Un cachorro de pastor alemán narra en primera persona sus primeros meses de vida: el desprendimiento de la camada, la llegada a un nuevo hogar en el campo y el lento aprendizaje de convivir con los humanos.
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Un cachorro de pastor alemán narra en primera persona sus primeros meses de vida: el desprendimiento de la camada, la llegada a un nuevo hogar en el campo y el lento aprendizaje de convivir con los humanos. Guiado por Kika, una perra vieja y sin pedigrí que hace de maestra, Roco descubre las reglas del territorio, la jerarquía de la manada y el afecto que une a dos especies que no comparten idioma.
Roco nace un caluroso día de julio y abre los ojos en un mundo que, según le explican, pertenece a los humanos. Hijo de Arthur, un campeón, y de Anouska, que lo amamanta y lo instruye, aprende primero lo esencial: que las patas sostienen, que el rabo comunica, que los dientes llegarán. A los cuarenta días su vida cambia dos veces —la comida deja de ser leche y un hombre paga dinero por él— y una noche lo suben a un artefacto ruidoso que lo aleja para siempre de su madre y sus hermanos.
El territorio nuevo está rodeado de árboles y espacios abiertos, y lo habita una manada extraña: el Jefe, la Gran Hembra, dos cachorros humanos, canarios, tortugas, roedores y, sobre todo, Kika. Vieja, pequeña, de origen incierto y carácter firme, Kika se convierte en la voz que traduce el mundo. Ella le enseña dónde puede dormir, por qué no debe echarse en la grama, qué significan el «¡No!» y el «¡Muy bien!», y cómo leer a los humanos por su emanación y su tono, ese instinto que los hombres perdieron y los perros conservan. También le marca los límites: el cubil de Kika, su escudilla y el cariño de su ama no se tocan, y llegará el día en que le enseñe los dientes.
Los capítulos avanzan al ritmo de un cachorro: la avispa tragada, los pinchazos del que cura, el tatuaje en la oreja, el primer baño en el charco, los aullidos desafinados a la luna, los destrozos domésticos y el castigo atado al pino por haber elegido el bancal equivocado. Cada torpeza es también una lección sobre la Ley Natural que el Gran Alguien dispuso para todas las criaturas, y sobre la única especie que se atreve a desviarse de ella.
El relato se ensombrece cuando aparece Truco, un perro viejo y casi ciego al que su jefe dejó fuera de la verja al terminar el verano. Su historia —el hambre, el agua sucia, la lealtad intacta hacia quien lo abandonó— obliga a Roco a preguntar en voz alta si a él y a Kika les espera lo mismo, y da al cuento su cifra moral: lo que importa no es el territorio, sino la presencia de los amos.
Escrito por Antonio de Pácemvis como homenaje a sus propios perros y nutrido por sus estudios de comportamiento animal, este cuento breve alterna la ternura del punto de vista canino con una mirada irónica sobre los humanos vistos desde abajo: seres tontos y frágiles, complicadísimos en sus costumbres, y sin embargo capaces de una amistad que Roco aprende a devolver.
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