Un profesor de matemáticas empieza a perder el asidero de lo real y deja que la ciudad portuaria, sus bares y sus calles nocturnas se traguen el camino de vuelta a casa.
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Un profesor de matemáticas empieza a perder el asidero de lo real y deja que la ciudad portuaria, sus bares y sus calles nocturnas se traguen el camino de vuelta a casa. Mientras él imagina una nieve que nunca ha visto y que podría borrarlo todo, su mujer escribe a solas en una libreta y su hija dibuja figuras sin rostro. Una novela breve sobre el desajuste íntimo que corroe a una familia desde adentro.
César Lombardo enseña matemáticas y sabe calcular la superficie de un copo de nieve. Lo que no sabe calcular es cuántos copos harían falta para cubrir —y así hacer desaparecer— la existencia que arrastra. Sentado en un banco frente a la bahía, con los pies ardiendo y la camisa pegada al pecho, se descubre incapaz de nombrar el rumbo: algo se ha quebrado en su manera de percibir el mundo y las fórmulas que sostuvieron durante años una vida edificante yacen desarmadas en su cabeza.
La novela sigue ese desmoronamiento por el revés de la ciudad. César camina sin destino entre vitrinas de artículos para bodas y bautismos, novios de cera con la sonrisa fija, maniquíes de lencería, teléfonos públicos que ya no piensa usar; entra en un cibercafé y busca en Google la palabra «realidad», esperando encontrar un artículo imposible, escrito con su nombre, que explique su enfermedad y le ofrezca una solución exacta, algebraica, fría. No lo encuentra. Cierra la ventana del chat justo cuando su hija escribe «¿Papá?». Después bebe: primero un vodka en una barra con olor a algas descompuestas, luego un pisco tibio en un local donde los clientes parecen generaciones de espectros. Cada trago aligera el peso de la demencia y a la vez la vuelve más insoportable.
Pero el relato no le pertenece solo a él. Ester, su mujer, espera despierta y escribe en una libreta lo que no puede decir de otro modo, guiada por una voz ajena que reconoce como propia; recuerda las tres dimensiones de un sueño perdido —el cuerpo de César, el descanso en sus brazos, la risa de Alicia saltando en la cama los domingos— y comprueba que la felicidad ocurrió en esa misma habitación y se fue de un momento a otro. Cuando por fin él regresa, ella le cuenta la agresión brutal que presenció en su oficina: no es una tregua ni una confidencia, es un mensaje tácito. El deterioro ya se llama miedo. Alicia, mientras tanto, ha dejado atrás las muñecas y se encierra a pintar; en su bloc aparece una figura masculina que se aleja y, donde debería haber un rostro, un abismo café que se oscurece hacia el centro.
Con una prosa de precisión geométrica y aliento sensorial —el mar convertido en sombra, las grúas como cuellos de garzas moribundas, los ribetes de espuma que son apenas desprendimientos de un temor mayor—, esta obra construye el mapa de una conciencia que se desajusta y de los dos silencios que la rodean. Detrás de todos los miedos enumerados (el daño hecho a la hija, el dolor incrustado en la esposa, el trabajo abandonado, el futuro sin aliento) yace el más vasto y sombrío: el miedo a sí mismo. La nieve, que César solo ha visto en películas y revistas, sigue siendo la única promesa de un vacío blanco donde nada duela; una nieve que aún no llega.
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