Un periodista que juraba no querer un gato acaba conviviendo con Mía, y el relato de esa convivencia se convierte en una crónica humorística sobre lo que un animal pequeño cambia en una casa y en quien la habita.
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Un periodista que juraba no querer un gato acaba conviviendo con Mía, y el relato de esa convivencia se convierte en una crónica humorística sobre lo que un animal pequeño cambia en una casa y en quien la habita.
Todo empieza con una frase rotunda, pronunciada en la terraza de un restaurante asturiano en agosto de 2015: en esta casa no entra un gato, y punto. Diez meses después, una gata común europea, blanca y marrón claro, cruza la puerta de un piso de la plaza del Cascorro, en Madrid, recorre la biblioteca, husmea los rincones, se asoma a la ventana de la cocina y decide, sin consultar a nadie, quedarse. Entre esas dos escenas cabe toda la historia: la de una resistencia que se desmorona a base de cenas con amigos, fotos enviadas por WhatsApp, vídeos de camadas y una insistencia amable pero implacable por parte de quienes ya viven con gatos y no descansan hasta convertir a un nuevo adepto.
El narrador se presenta sin credenciales: una infancia poblada de peces naranjas, tortugas, periquitos siempre llamados Pichi y un pato comprado en un mercado de Oviedo que terminó desapareciendo una noche en un pueblo de Castilla y León, con una explicación paterna que tardó años en revelarse como piadosa mentira. Desde ahí, su relación con los animales quedó congelada, hasta que la adopción de una gata por parte de una amiga abrió una grieta. El libro reconstruye con precisión cómica ese proceso de conversión: la curiosidad disfrazada de escepticismo, las lecturas sobre el carácter de las hembras, la preferencia inexplicable por una gata concreta y el momento exacto en que una llamada nocturna vuelve irreversible lo que hasta entonces era hipótesis.
Lo que sigue es el aprendizaje en tiempo real de un cuidador primerizo. La primera noche, con sus carreras, sus maullidos incomprensibles y su rara afición a masajear el pelo de quien intenta dormir, funciona como bautismo y como advertencia. Vienen después la cartilla sanitaria, las desparasitaciones, la búsqueda de veterinaria —descartada la primera clínica por no elogiar la belleza de la gata—, la amiga veterinaria consultada a distancia a cualquier hora, el examen minucioso de excrementos con celo de investigador forense y una caída desde la mesa del comedor que desemboca en una carrera nocturna por clínicas cerradas, un taxi con una mochila que maúlla y una radiografía en la que aparece, por primera vez, un nombre completo que lo formaliza todo. Hay también un curso en línea de educación felina seguido con vergüenza fuera del horario laboral, del que el alumno sale con una certeza sencilla: el objetivo no es domesticar al gato, sino entenderlo, y la casa hace tiempo que cambió de propietaria.
Alrededor de esa pareja desigual se despliega un reparto coral: las amigas que actúan como red de evangelización gatuna, los vecinos con perros, los compañeros de redacción y una madre que teme que el animal condene a su hijo a una soltería definitiva y que acaba, como todos, rendida. Prologado por Elvira Lindo, el libro alterna la anécdota doméstica con divulgación ligera sobre el origen salvaje africano de los gatos, el marcaje del territorio y ese pacto neolítico por el que un animal solitario cedió algo de independencia a cambio de calor y comida. Bajo el humor sostenido y el ritmo ágil late una idea menos evidente: convivir con un animal desplaza el centro de gravedad de quien lo cuida, obliga a la flexibilidad y descubre, con alguna nota discreta de melancolía, que el afecto también se construye cediendo.
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