Nash Winner ha convertido la soledad en su única compañía: perdió a su familia, sus amigos se esfumaron y vive bajo la tutela de una tía alcohólica y violenta en la apacible ciudad de Somerville.
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Nash Winner ha convertido la soledad en su única compañía: perdió a su familia, sus amigos se esfumaron y vive bajo la tutela de una tía alcohólica y violenta en la apacible ciudad de Somerville. Todo cambia cuando un camión de mudanzas estaciona en la casa de al lado y aparece Mila, una chica ciega de ojos grises que Nash juraría haber visto antes en un sueño. Entre rosas, hamacas y conversaciones que se estiran hasta el amanecer, nace una amistad que amenaza el pacto que Nash había firmado con su propio aislamiento. Pero Mila arrastra su propia herida —una ceguera nacida de un "error" que su madre le pide superar— y el mundo de las fiestas de Somerville no perdona a quien es distinto. Una novela juvenil sobre dos adolescentes cuya verdadera misión no es triunfar ni destacar, sino salvarse el uno al otro.
En una ciudad tranquila llamada Somerville, Nash Winner ha aprendido a tratar la soledad como a una aliada. Tenía una familia, una casa modesta pero propia, amigos que lo acompañaban; hoy solo le queda la tutela de una tía lejana que llega de madrugada oliendo a vodka, que insulta y golpea antes de encerrarse a esperar que el efecto pase. A los dieciocho años, la vida de Nash se reduce a leer bajo la sombra de un viejo sauce, a escribir lo que siente en hojas de papel y a soñar con los muertos que aún le hablan del destino. Ha firmado, dice, un trato infinito: ni la soledad se aleja de él, ni él de ella.
El trato se rompe una tarde de lluvia, cuando un camión de mudanzas ocupa la casa vecina. Detrás de la cerca, Nash descubre a una chica castaña que se hamaca con los auriculares puestos y tararea una canción que él no conoce. Cuando por fin abre los ojos, Nash reconoce algo imposible: son los mismos ojos grises, perdidos en la nada, que había visto la noche anterior en una pesadilla que no lograba recordar. Ella se llama Mila, no lo mira porque no puede verlo, y su primera impresión de él es tan directa como demoledora.
Lo que sigue es la construcción cuidadosa de una amistad hecha de gestos pequeños: un ramo de rosas comprado como disculpa, unas manos que recorren un rostro para “verlo”, picnics improvisados que la madre de Mila baja al parque, madrugadas en el jardín bajo la luna llena. Mila le devuelve a Nash una idea que él había dejado de creer —que siempre hay motivos para ser feliz, aunque todavía no sepas cuáles— y él descubre que por primera vez en años no calcula el riesgo de acercarse a alguien.
Pero ninguno de los dos entrega su historia completa de entrada. Nash guarda el silencio de unos padres muertos y unos amigos que lo abandonaron sin explicación; Mila esconde algo peor: la certeza de que existe una razón suficientemente buena para dejar sola a una persona que te necesita. Una discusión a gritos con su madre deja al aire la palabra clave —un error, un error que la dejó ciega— y una fiesta obligada en la mansión de los West pone a prueba todo lo demás. Allí, entre música electrónica y miradas de desprecio, Mila tira su bastón al césped para que nadie note lo que es, y descubre que el miedo a no ser aceptada puede convertirse en algo mucho más físico y urgente que la vergüenza.
Narrada en primera persona y organizada por voces, la novela alterna la mirada de un chico que solo quiere desaparecer con la de una chica que quiere vivirlo todo y no puede. Su premisa es sencilla y su apuesta emocional es alta: dos adolescentes que no nacieron para ganar premios ni salvar el mundo, sino para sostenerse mutuamente en un contexto que a ambos les quedó grande. Una historia sobre el duelo, la violencia doméstica, la discapacidad vista desde dentro, el peso de las miradas ajenas y la posibilidad —siempre frágil— de que alguien llegue justo a tiempo.